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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Flora Isela Chacón. Chihuahua, Chih.

 

Formación académica:

  • 1999–2004 Licenciatura en Letras Españolas. Universidad Autónoma de Chihuahua
  • Dos semestres de Maestría en Humanidades

 

Méritos y experiencia literaria:

  • Publicación del libro “Por si la luna” en 2011. Editorial Solar-ICHICULT.

  • Nominación al Premio Estatal de Periodismo José Vasconcelos 2006 en la terna de Noticia.

  • Premio Publicaciones ICHICULT 2005, con el libro de narrativa “Si te cuento…”

  • Colaboración con el ICHICULT como correctora de estilo desde el 2003 y hasta el 2005.

  • Taller de creación: Cuento, con el maestro Humberto Payán.

  • Taller de cuento, con el maestro Roberto Ransom.

  • Juez de novela y ensayo en las XXV Jornadas Culturales a nivel Secundaria en el 2003.

  • Primer lugar en concurso de cartel Di no a las drogas, en el Colegio de Bachilleres No. 1 en 1991.

  • Premio en Concurso “Un pensamiento a mamá” en México, D.F en 1989.

 

Experiencia laboral:

  • Octubre 2012- actualidad: Informados.com.mx. Reportera. Elaboración de notas periodísticas, captura de fotos.
  • Mayo 2010- octubre 2012: Omnia.com.mx. Reportera. Elaboración de notas periodísticas, captura de vídeos.
  • Enero 2009- marzo 2010: El Heraldo de Chihuahua. Reportera. Elaboración de notas periodísticas, entrevistas, edición. 
  • Marzo 2005- diciembre 2008: El Diario de Chihuahua. Reportera. Elaboración de notas periodísticas, entrevistas.

 

Muestra de obra

Siempre fui impulsiva y muy apasionada, aunque la gente me veía de otra manera. Y no es que no tuviera escrúpulos, es que me gustaba disfrutar la vida, aprovechar todo al máximo, y no dejar pendientes en la agenda. Muchas veces sólo me bastaba conocer a alguien más o menos guapo, más o menos libre y que me sonriera ampliamente, para imaginármelo encima, convulsionándose junto conmigo. Para mí la vida era mucho más que sólo ver las horas pasar, y eso incluía desde luego, darle mucho placer a los sentidos, a todos, no era cuestión de discriminar.

A Jorge eso no le afectaba demasiado. Me dejaba ser, divertido, aun cuando a veces decir sin frenos lo que sentía, me traía muchos problemas. No importaba. La censura nunca fue mi palabra favorita. La verdad es que sólo éramos amantes ocasionales, salvo algunos gustos por la lectura y el sexo desenfrenado, no había mucho en común entre nosotros. Aunque eso sí, no pocas veces me utilizó como musa para alguno de esos cuentos extraños que le gustaba escribir, donde los personajes siempre morían de gusto y no por alguna causa común como un atropello o una ejecución. Morir gozando, llenos de vida, incluso riendo, era su motivo recurrente.

Lo conocí en la editorial de una revista donde temporalmente yo diseñaba algunas páginas y él estaba a cargo de la sección de cultura, además de dirigir una tertulia semanal sobre literatura, que lograba reunir a los meros meros de la ciudad, según lo que platicaba Jorge, aunque para mí eran todos iguales: seres retraídos, solitarios, con más anhelos que motivos, con más ensayos que logros; aunque claro, de vez en cuando alguien lograba sobresalir del montón ficticio en el que yo los colocaba, aun sin leerlos.

Desde la primera vista algo se nos estrujó por dentro, como un chispazo en medio de la noche dijo él, como una marejada violenta que empapa todo pensé yo; algo así como una complicidad espontánea por los intereses mutuos y el mundo que nos rodeaba, y yo, además, algo así como una punzadita entre las piernas.

La primera noche que pudimos estar juntos, fue muy extraño. Lo estuvimos planeado por algún tiempo y tan bien, que al final resultó un tanto mecánico. Llegamos con muchas ganas de hacerlo, pero él se quedó dormido apenas terminamos. Yo aproveché ese momento para revisar mi directorio imaginario, buscando alguien más disponible y menos dormido, mientras trataba de mirar por la ventana las pocas luces de la avenida Fuentes Mares. Nadie a la mano y él despertó, ahora sí con más ganas. Después, mientras reposábamos, me platicó sobre la nueva novela que estaba escribiendo,

acerca de un tipo solitario, Israel, quien buscaba inútilmente, alguien parecido a su amante, no como aquella insulsa que lo abandonó cansada de sus “extravagancias” en el sexo; sino como la que se murió en sus brazos mientras hacían el amor, apenas en la primera noche de vida juntos. Creo que estaba obsesionado con la mirada de la muerta, o algo así; una mujer muy fogosa y liberada que tuvo un paro cardiaco justo cuando alcanzó el clímax, agarrada con todas las uñas a sus hombros y penetrándole a él con sus ojos oscuros. Quedó marcado para siempre, obsesionado con la entrega arrebatada de la mujer, su cabello negro, sus grandes y blancos muslos, el frenesí de su voz en cada ay; por eso buscaba una igual de ardiente, una que le mirara igual.

Toda la trama que me explicó me pareció innecesaria, no entendí muy bien por qué tenía que morirse estando tan buenota y por qué la mirada era tan especial, además ¿cómo podría un hombre así haber quedado trastornado cuando la mujer amada se le murió con su miembro adentro?

Me pareció una historia un tanto extraña, pero al igual que Jorge, yo también me obsesioné con Israel y me pareció mirarlo: cabello negro brillante, ojos oscuros, grandes cejas, una boca deliciosa, musculoso casi en exceso, piernas largas, manos fuertes y un lunar en medio del cuello, demasiado provocador.

¿Te excitó esa idea, verdad?” Me preguntó Jorge cuando notó que me quedé pensativa, apenas lista para el siguiente embate, y yo en lugar de su mirada errante, imaginaba los ojos oscuros de Israel mirándome y terminé más rápido porque la idea de morir de un orgasmo me sacudió.

A la semana siguiente, Jorge me invitó a otra de las tertulias literarias que organizaba en su casa. 

La literatura sí me gustaba, pero no tanto; en realidad iba porque a veces tenía la suerte de que sus relatos pintaban a seres hermosos que gozaban relaciones perfectas: hombres guapos seduciendo a mujeres voluptuosas, hombres plenos con mujeres libres, hombres tiernos con hombres fuertes, mujeres sabias con mujeres inocentes, para mí no había límites y esas imágenes me prendían demasiado, aun cuando no fueran más que eso. Por eso mismo Jorge me invitaba, porque al terminar nos quedábamos solos en su casa, tirados en la alfombra o arriba de la mesa, completando las historias a nuestro modo.

Otras veces, ya en actitud seria y comprometida, la suerte era conocer a autores que me resultaban un tanto desconocidos, y que de pronto me abrían mil posibilidades, como aquella vez que Jorge organizó una sesión de literatura local. Ahí sí participé entusiasta, analizando la historia estrujante y narrada maravillosamente, de un pueblo sombrío al régimen del poder en “Infierno grande” de Alfredo Espinosa; de la poesía hecha canción y esa manera tan cabrona de hacer estremecer a una mujer al grado de las lágrimas, gracias a la fuerte sensualidad de los poemas de José Luis Domínguez en “Quinteto para un pretérito”, que me hizo recordar el “Ponme la mano aquí, José Luis, pónmela ya” de otra autora cuyo nombre no recordé, pero que deliraba con un escritor llamado igual, también de mirada penetrante y grandes cejas.

Después se enfrascaron en la obra de Gabriel Borunda, especialmente en el cuento “Los olores  del amor”, analizando si se trataba de un metatexto, de una metáfora o un presagio; ahí perdí la seriedad hasta entonces conservada porque recordé cómo me divertí con su “Asesinato en la biblioteca”, y porque luego pensé que “Los olores del amor” era un título demasiado sugerente; decía tantas cosas con sus apenas dieciséis letras, que me quedé pensando, imaginando fascinada, cómo yo misma, con la boca, le ponía la cocaína al personaje.

A la noche siguiente llegué un poco tarde, con la idea de que la charla sería para conocer más acerca de los autores de mi ciudad; pero ya disfrutaban todos de una lectura más bien terrorífica que yo pensaba como algo inútil: el “Frankenstein” de una tal Mary Shelley, de quien yo ni siquiera había escuchado hablar; mientras pensaba en por qué no elegir mejor a una autora también local como Lucía Mendoza, por ejemplo.

Mientras iba ocupando mi lugar, pensaba a quién demonios se le ocurrió aquella lectura, aunque comencé a imaginar la historia a mi modo: el doctor Víctor escogiendo las mejores partes de cuerpos musculosos para formar su monstruo, casi me subí hasta la mesa para reanimarlo a mi modo, pero en ese momento dejé de soñar porque una voz ronca llamó mi atención.

Era un nuevo invitado, acompañado de una mujer que no dejaba de mirarlo, enfrascado en disentir sobre si la obra en cuestión era una alegoría de la perversión que deja la ciencia al alcanzar su máximo desarrollo. No le entendí mucho, pero me pareció muy interesante el tema más que nada por lo de la perversión, y el hombre demasiado atractivo para estar en una reunión de ese tipo acompañado de una mujer tan sosa.

No pude acercarme a él sino hasta que la lectura terminó. Entonces supe que se llamaba Israel, igualito que el personaje de la novela de Jorge, y su novia, Joana, un par de argentinos que al venir a la ciudad a un congreso de literatura se quedaron para la reunión, para comentar obras clásicas y de paso, conocer algo del trabajo de Jorge, que aún estaba en borrador.

No pude sino grabarme su imagen, me impresionó tanto que hasta me pareció conocerlo de antes, y que esa mirada oscura me la había clavado alguna otra vez. Me dio escalofrío cuando algo parecido a un deja vú, puso sus manos grandes en mi saludo más de una vez.

A Joana ni siquiera la tomé en cuenta, tan insignificante, sólo existió para mí cuando casi me congeló con la mirada al encontrarme muy cerquita de Israel, cuando platicábamos sobre la importancia del amor en la novela de la mentada Shelley.

Esa misma noche, Jorge se lució como nunca haciendo malabares en la cama, o así me lo pareció porque yo ya imaginaba a Israel y su ronca voz diciendo mi nombre, mientras agotábamos juntos los cuerpos. Lamenté entonces su pronta partida, aunque luego se me olvidó porque Jorge duraba más tiempo en quedarse dormido.

Por eso, cuando a la siguiente semana Israel no asistió a la reunión, no le eché de menos, lo que sí me pareció extraño es que hubiera un moño negro en la entrada, pero como siempre llegaba tarde, ya no tuve tiempo de preguntar y me olvidé de ello.

Días después volví a verlo en el cine. Mientras esperaba a Jorge afuera del baño, Israel llegó a saludarme muy efusivo, parecía muy gustoso de verme otra vez. La exagerada demora de Jorge le dio tiempo hasta de darme su tarjeta y explicarme sobre sus días libres en la ciudad. Al estrecharme con su mano grande, sentí otra vez una sacudida debajo del vientre, y la clara idea de que sin gente haciendo fila, me le habría echado encima, ahí mismo.

La oportunidad se me presentó en la siguiente tertulia. Entonces sí llegué temprano nada más para tener un momento a solas con él, que afortunadamente también llegó temprano y sin Joana. Todo estuvo de mi lado porque a Jorge se le olvidó comprar las bebidas, e Israel se ofreció a ir por ellas, y yo a acompañarlo en esta inmensa ciudad, desconocida y llena de obras a medio terminar para él. Jorge seguro me odió desde ese momento, porque se quedó, al mismo tiempo, sin bebidas para su reunión y sin mujer.

Nos fuimos al mismo hotel al que fui por vez primera con Jorge, casi pude jurar que a la misma habitación si no fuera porque la cama estaba colocada al lado contrario y desde la ventana miré cómo terminó de caer la noche. Israel se esmeró tanto, era un buen amante, atento, caballeroso y sumamente preciso, casi mecánico, primero él, luego yo, luego él, luego yo... Mientras avanzaba encima de él, apenas pude ver un lunar en su cuello y mis dedos casi le desgarraron los hombros, cuando...

Un espasmo le ganó. Entonces ella lo miró llena de placer, antes de detener su corazón para siempre en esa hora imprevista, sintiendo la noche, con toda la humanidad de Israel entre sus piernas, convirtiéndose de tajo, en algo más que una obsesión para él...”