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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Mariana Luján Miranda. Chihuahua, Chih. 1992.

Narradora y poeta.

 

Discapacidad:

Motriz por parálisis cerebral infantil.

 

Formación académica:

Escuela de Artes y Oficios para Personas con Discapacidad y del Adulto Mayor.

 

Publicaciones:

Sus textos forman parte de las siguientes antologías:

  • Ruedas a volar: antología del taller literario de la Escuela de Artes y Oficios para Personas con Discapacidad y del Adulto Mayor. ICHICULT. México. 2013.
  • Palabras en movimiento: antología de los talleres literarios para niños en condición hospitalaria y jóvenes con discapacidad. ICHICULT-PAMyC. México. 2014.

Premios:

Primer lugar en el I Certamen de Narrativa Breve y Nanoficción, de Mendoza, Argentina, con el cuento "Segunda oportunidad", en la categoría de autores con discapacidad.

 

Muestra de obra:

Soy


En una foto en blanco y negro

veo mi extraño esqueleto

así llegué

así seré.


Estoy en esta forma de existencia

palpitando sin rostro

caminando lenta

c u i d a d o s a m e n t e

tan tiesa como un árbol.

 

No podré solucionar

del cómo pequeña así nací,

y siempre tendré que estar

cayendo por dar traspiés.


Sin embargo,

el silencio es rumor, sirena o caracol

y en él anida mi alma

que tiembla como ave de cristal en la sombra.

 

Calma

 

Bajo el sicomoro

el arroyo apenas se desliza.

Sólo unas cuantas hojas entre las rocas

sobre las aguas

muestran el movimiento

Un silencio me rodea.

 

Reconozco en las señales de este tiempo

como las chispas que saltan del fuego

el lugar y la hora, el rumbo claro.

Un silencio me arropa.

 

Un silencio me toma,

despojando lo que me hace a mí misma.

Y en el origen de ese instante

palabra y sentimiento

emoción y deseo

se vuelven uno.

 

 

Se hunden en mi silencio.

Laberinto del Tiempo

  

La suave luz de la luna iluminaba aquella mirada roja como el fuego del infierno.

   Dos grandes alas afloraban de su espalda envolviéndolo en un halo de maldad. Sus blanquísimos dientes contrastaban con el tono oscuro de las escamas que cubrían su piel y sus amenazadoras garras invitaban a dar media vuelta y no regresar jamás.

   Doremy, la doncella guerrera, reprimió un grito de terror, a pesar de que era incapaz de apartar la mirada de la criatura. Resultaba fascinante y aterradora a la vez, si bien era imposible encontrar adjetivos para describir a un ser de las tinieblas. Se llevó una mano al cuello, buscando su amuleto de protección. La cálida sensación del metal entre sus dedos le hizo recuperar algo de tranquilidad. Nunca había visto un demonio y en aquel momento no tenía la certeza de poder conservar la vida para contarlo. Existen multitud de leyendas acerca de seres sobrenaturales que son capaces de volver locos a los más cuerdos o incluso de matar con una sola mirada. La mayoría son temidos y respetados por los humanos, aunque no ocurre lo mismo con los usuarios de la magia, quienes siempre han tratado de controlarlos. En el caso de Doremy, que había nacido con el don la magia, eran las propias criaturas las que intentaban tomar posesión de su cuerpo. El suyo era un poder muy apreciado, ya que tenía la capacidad de abrir canales mentales para ver el pasado y el futuro. Sin embargo, todavía no había conseguido manejar ese poder a su antojo, pues las visiones continuaban siendo esporádicas y muy cortas.

   En la más reciente había visto el anillo de Tsuki, una joya tan maravillosa como temible.

   Había estado perdido durante muchos siglos, por eso en cuanto los magos supieron de su milagrosa reaparición no dudaron en ir a por él. La piedra blanca del anillo permitía controlar el flujo del tiempo, algo que hombres, magos y seres fantásticos han ansiado desde el principio de las eras. El rumor de que el anillo estaba en posesión de los demonios se había extendido como la pólvora, provocando que más de uno tuviera la osadía de enfrentarse a ellos. Particularmente, a Doremy no le interesaba en absoluto hacerse con la preciada joya. No obstante, la corte de los magos no opinaba lo mismo, así que la enviaron a cazar un demonio haciendo caso omiso a su desinterés. Llevarle la contraria a las cofradía de magos era algo bastante peligroso, por lo que finalmente no le quedó más remedio que aceptar la misión que le habían asignado.

   Agazapada detrás de unos arbustos, reflexionó sobre su situación durante unos minutos.

   Como sus poderes no iban a servirle de mucho tendría que usar la espada mágica de Mitzurh si quería tener alguna posibilidad de vencer. Lentamente la sacó de la vaina de cuero. La hoja resplandecía a la luz de la luna con un brillo blanquecino y misterioso.

   La cofradía de magos las llamaban armas sagradas, por la pureza de los metales con los que se forjaban, que según decían habían sido creados por los dioses. Visualizó a la criatura entre las finas ramas y se preparó para atacar. Esperó unos tres o cuatro segundos y embistió al demonio que, sorprendido, no fue capaz de esquivar la estocada. Un sonido gutural rasgó el gélido aire nocturno cuando la hoja rozó su escamoso hombro. Doremy, aprovechando la confusión, arremetió de nuevo, pero su adversario detuvo la embestida. Sin que Doremy se diera cuenta, el engendro había sacado su propia arma: se trataba de una gran hacha de las tinieblas. La criatura mostró su enorme fuerza, respondiendo al ataque con un enérgico movimiento que desequilibró a su oponente unos segundos, los suficientes para hacer que la espada mágica volara por los aires hasta quedarse clavada en el suelo. Desarmada, Doremy retrocedió un par de pasos intentando pensar en su siguiente maniobra. Sin la espada mágica todo era mucho más complicado, ya que pocas cosas son capaces de herir a un demonio. La única alternativa era teletransportarlo hasta el calabozo de la torre de hechicería. En ese momento, algo la sacó de sus cavilaciones: el ente maligno se dirigía hacia ella con el hacha por delante y un destello de furia infernal brillando en su mirada. Casi sin tiempo de eludir el cortante y despiadado filo, se tiró al suelo y rodó sobre la hierba. En el tiempo que llevaban combatiendo se había percatado de una cosa: su adversario era fuerte y ágil a la hora de moverse, sin embargo, sus ataques eran pesados y lentos. Tiempo atrás había oído que esa es una debilidad importante en un duelo, por lo que lo mejor sería beneficiarse de ello para ganar tiempo. Su prioridad era recuperar su espada.

   Como movida por un resorte, se levantó rápidamente del suelo y corrió tras su arma.

   Había caído cerca de un gran árbol, al otro lado del claro. Cuando estaba a punto de alcanzarla notó las garras del demonio aferrándose a su brazo izquierdo. El olor metálico de su propia sangre le provocó náuseas y un dolor agudo le recorrió desde la muñeca hasta el hombro. Sus rodillas se hincaron en el suelo con violencia mientras notaba los desbocados latidos de su corazón. Apretó los dientes, lamentándose de su ineptitud. Cerró los ojos con resignación, esperando su final a manos de la monstruosa criatura. Sin embargo, lo que el destino le tenía reservado a Doremy era muy distinto.

   Escuchó algo deslizarse sobre el pasto, seguido de un fuerte crujido. Luego se dio la vuelta y se sorprendió al contemplar la escena. Una gruesa raíz envolvía al demonio, que yacía inerte en el suelo.

   — ¿Estás bien? —preguntó una dulce voz femenina.

  Doremy miró hacia arriba instintivamente. Una hermosa hada, de largos cabellos dorados, le tendía su nívea y delicada mano. En la palma pudo apreciar una marca en forma de media luna. Luego reparó en sus graciosas orejas picudas y en sus alas grandes y verdes.

   — Gracias Dama del Bosque por haberme salvado —respondió Doremy.

   — No hay de qué, doncella-guerrera. He venido a traerte un mensaje.

   Las palabras del hada le tomaron por sorpresa. Cuando los magos informaban a alguien durante una misión nunca lo hacían a través de las hadas. Las consideraban criaturas difíciles en el trato, ya que no hacían favores sin recibir algo a cambio. Tras levantarse le entregó un sobre con su nombre escrito en tinta roja. Intrigado, lo abrió para ver su contenido. Dentro había una carta escrita con una letra que le resultó bastante familiar. Decía así:

 

Doremy:

Te espero en Taitín dentro de tres días.

Me urge hablar contigo sobre

mis últimos descubrimientos acerca del anillo de Tsuki.

Aralia te mostrará el camino, así que te ruego que no desconfíes

de ella por el simple hecho de ser un hada.

Es de vital importancia que los magos no

sepan nada de lo sucedido esta noche.

 

 

Atentamente,

Gallagher.

 

   Justo después de leer la carta, esta se hizo pedacitos. Doremy miró de nuevo al hada, sin saber qué decir. El Gran Mago Gallagher había sido su mentor durante su estancia en la torre de hechicería. Era un hombre muy sabio y prudente, por eso le resultaba raro que le hubiera enviado una carta a espaldas de la corte de magos.

   — No pierdas el tiempo. Tenemos que irnos ya —le espetó Aralia.

   La rudeza con la que se lo dijo la desconcertó. Aralia parecía tierna y frágil, aunque una conversación de unos segundos con ella bastaba para darse cuenta de que las apariencias engañan. Una vez que Doremy hubo recogido la espada echaron a andar en dirección a lo que ella supuso que era la salida del bosque. La ciudad de Taitín se encontraba en las tierras del norte, a unos días de camino de donde ellas estaban. No era mucho tiempo, pero no le apetecía pasarlo en compañía de Aralia. Era demasiado enigmática y misteriosa. En ese momento pensó en lo caprichoso que puede llegar a ser el destino y eso le hizo sentirse una pieza insignificante en el rompecabezas del tiempo. Sin quererlo se había convertido en una renegada a ojos de la cofradía de magos, al ocultarles información. Para ellos todo era blanco o negro, con ellos o contra ellos. Vivir al margen de la ley era una empresa peligrosa y aun así, no tenía miedo.

     Estaba al tanto de que una visión inoportuna podía destrozar su mundo en cuestión de segundos, pero estaba harta de negarse a sí misma lo que en realidad era. Quería aprender a utilizar aquel fantástico poder que se le había concedido, porque estaba segura de que se avecinaban tiempos difíciles. Suspiró al pensar en lo que había dejado atrás, mas enseguida apartó los recuerdos de su cabeza y se concentró en seguir a su nueva compañera de viaje, que avanzaba con decisión mientras su figura se recortaba contra los primeros rayos del amanecer.