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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Irianna Lizeth Chávez Esparza. Chihuahua, Mayo de 1987.

Narradora.



Formación académica:

  • Egresó en el 2010 del Instituto Tecnológico de Chihuahua en la carrera de ingeniería industrial

  • Actualmente cursa el tercer semestre de la maestría en Humanidades de la Facultad de Filosofía y Letras en la UACH.



Actividades artísticas:

  • Actualmente asiste al taller literario de narrativa, impartido por el Dr. Roberto Ransom.

  • Ha participado en eventos culturales de investigación en posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras.



Muestra de obra:


La casa

Levantamos un día de verano una casa. Teníamos el plano en las manos y los trazos nos iban llevando a concretar cada resquicio mientras nos preguntábamos si sería mejor una casa de uno o dos pisos, ya que una construcción de dos hace que te sientas como en dos mundos que se conectan por una escalera. Decidiste que fuera de dos pisos a pesar de que yo me opuse al bosquejo que guardabas bajo la manga; tu faz, irónica, se mostraba ante mis ojos irisados de violencia por tu absurdo deseo, y no quería entrar en discusiones que de antemano, sabía, las tenía perdidas. En todo caso, me dispusiste la decoración interna de la casa, entre otras cosas, como dónde habría de ubicarse la mesita de caoba que habías traído como obsequio de tu madre o dónde colocar las masetas de geranios que habías plantado el año pasado durante unas vacaciones con tu familia. Incluso, deliberando, llegué a pensar que hasta los objetos te pertenecían y que muy tú, con tu indulgencia, te habías dignado permitirme el libre albedrío sobre el arreglo de todas esas cosas, tus cosas. Al fin y al cabo tenía la ventaja anticipada de jugar mis propios partidos de ajedrez en tu casa; un día me daba la gana y movía un peón de la cocina donde acomodaba cuidadosamente los cubiertos de porcelana que habías comprado en un viaje (un viaje a no sé dónde); otro día, por aburrimiento, me llevaba todas las macetas al balconcito de arriba y las amontonaba justo en la orilla, a manera de filas de ejército al borde del despeñadero, para que fueran dando una a una al concreto de la calle. Me divertía explosivamente la forma en que rebotaba el barro y los pétalos de geranio se esparcían con el viento impregnando la casa con su aroma y el tuyo. No me tomaba la molestia de recoger los pedazos de la calle ya que desde el balcón observaba montañitas de tierra que danzaban al ritmo del avance de los transeúntes; las siluetas me recordaban los pasos de baile que alguna vez intenté aprender pero, por estar construyendo la casa –tu casa–, jamás volví a repetir.

Otro día, muy de mañana, aprovechaba tu ausencia para mover las sillas del living al pasillo y me sentaba en cada una por el buen gusto de guardarme para siempre la sensación de inercia, tu inercia. En los siguientes momentos me paraba encima de ellas, les cortaba las patas y las echaba al fuego; me subía a la azotea y contemplaba la humareda salir despavorida de la casa, quedando ahí tan sólo el alma de las sillas fundiéndose con las nubes apunto de llover. Otro día en la tarde juntaba las tasitas de té y las llenaba hasta los bordes con chai y leche, iba sorbiendo una a una para acostumbrar mi lengua al sabor de tus hábitos ─tan antiguos─ y al cálido movimiento que bajaba desde mi boca hasta el estómago. Tomaba una de tus pelotas de billar (ésas que habías comprado en una tienda de bazar) y simulaba un espacio reducido para ir derribando, una a una, cada juego floreado de porcelana. Los pedazos quedaban como escarcha sobre los azulejos del piso y el crujir constante me remitía a una canción tan sosegada como la de los grillos en el patio. Otro día, en la hora del ángelus, muy afanosamente me disponía a limpiar cada ventanal tratando de sacar de ellos la mayor transparencia posible. Recuerdo, en un momento no muy oportuno, que fui al baño y al regresar un pájaro convalecía inconsciente sobre el cristal. Me abracé al pájaro –henchido de muerte– mientras tomaba un montón de piedras con las que iba derribando los ventanales restantes. El cólera y la melancolía avasallaban cada cuadro y sólo se podían observar los vidrios volando a manera de confeti.

Los días que pasaron fueron suficientes para que las arañas tejieran en los recovecos sus majestuosas redes donde iba colocando lo nuestro: tus recuerdos y los míos. Algunas veces, al pasar enfrente de una telaraña, removía con el dedo los hilos y con ellos las palabras que nunca me habían gustado y que me habría esmerado en desaparecer del lenguaje; de tu lenguaje y del mío. Hubo una noche en que un ropero estaba entre las escaleras, camino arriba, y lo dejé ahí con el temor de que quizá la casa no soportó más la intrusión de mis manos y había decidido moverse por su cuenta; era como si tu ausencia se hubiera convertido en el alma de la casa. El piso de arriba (que tanto peleabas, ¿recuerdas?) se fue desmoronando con anticipación; primero el balcón luego tu estudio luego el baño luego los dos dormitorios. Mi cuerpo quedaba tendido en el sillón del primer piso viendo cómo los torbellinos de arena se iban colando desde arriba hasta la puerta del porche; me apretaba con fuerza al pájaro muerto, o a lo quedaba de él. La casa se fue cayendo a pedazos, un pilar por aquí y otro por allá. El pájaro ya no estaba, casi creí escuchar sus huesos tronar en alguna parte de la casa, como un eco suave de lo que fue alguna vez.

Los cubiertos de porcelana, las macetas, las ventanas, los pilares, el balcón e incluso el ropero entre las esclareas posaban frente a mis ojos como escombros de lo que un día se levantó en medio de la nada; que fue tu casa y la mía. Lo cierto es que las paredes con sus ladrillos nos poseyeron desde un principio olvidándose de nuestros nombres y, al final, todos los muebles se fueron a vivir adentro de mis ojos que contemplaban ─apenas─ los despojos de una casa; que fue la tuya y la mía; la casa de nadie que ahora le pertenecía a un día frío y al pájaro muerto.