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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Edith Mariana Gutiérrez Lazo

Edith Mariana Gutiérrez Lazo. Guerrero, Chihuahua. 1993.

Narradora.

 

Formación académica:

  • Estudiante de la Licenciatura en Humanidades en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez campus Cuauhtémoc.

Formación y experiencia artística:

  • Participación en el Festival Cultural Humanizarte. Chih. Ediciones 2011 y 2012.
  • Tomó el curso "Cómo quitarle el miedo a la escritura", impartido por DEMAC. Chih. 2012.
  • Participación en el taller literario impartido por el escritor Raúl Manríquez. Chih. 2012.
  • Participación en el evento "Al sabor de la manzana". Festival de las Tres Culturas. Chih. 2013.
  • Correctora de estilo. Revista de Literatura, lengua y cultura "Arihuá". Chih. 2015 a la fecha.
  • Participación en la 1a Jornada Cultural de Conmemoración del Día Internacional de la Mujer. ICM-Colectivo "Los Hijos del Gato Cuántico". Chih. 2016.

Premios y reconocimientos literarios:

  • Becaria del Encuentro Regional de Literatura "Los signos en rotación". Festival INTERFAZ ISSSTE-Cultura. Monterrey. NL. 2014.

 

Muestra de obra:

 

Entre vidas

 

Esa mañana no llovió. Cuando comencé a caminar, adormilado aún, una suave neblina le impedía a mi vista ver más allá de mis pasos. Me alcanzó el incesante sonido del tren anunciando su primera llegada del día, como de costumbre yo le seguía el trayecto, sin poderlo alcanzar, no podía comparar su correr con mi caminar; me gustaba sentirme veloz y poderoso para atravesar cualquier terreno, así como la máquina viajaba a través de los montes y los valles y los acantilados de la gran sierra.

La bruma del día anunciaba algo que no lograba descifrar. Ignorando el ilegible mensaje, seguí mi ruta turística por tan magníficos paisajes que, durante mi estancia, desde hacía una semana, se había convertido en lo más motivador del viaje. Al llegar donde Felipe, me encontré con un aviso más de que en esta ocasión todo era diferente. El hombre no estaba en su choza, tampoco en la parcela de al lado. No me quedaba más que esperar, así que me introduje en la vivienda y comencé a moler el maíz, tal vez era oportunidad de sorprender a mi amigo con el desayuno de aquella ocasión.

No pasó mucho tiempo para darme cuenta de los hechos. El pequeño José regresó a cuidar los cerdos, no era cosa de niños aquello que tenía ocupado a los adultos; él me explicó que de madrugada Felipe tuvo que ir por el chamán, pues una dama había muerto al resbalar entre las peñas del monte. –Pero los adultos dicen que aún pueden rescatar su alma. –Dijo José.

Vino a mi mente la noche que llegué, Felipe y yo pasamos largas horas alrededor del fuego hablando de los nuestros, como él se refería. Con una gran cantidad de teswino, las palabras de mi amigo se multiplicaban, tenía tanto que decir, y yo una sed inmensa de aprender del tarahumara tan puro. Algo que me impactó y esperaba ver sus resultados, fue el uso de aquella sustancia mágica, que ayudaba a las almas a volver al cuerpo: el peyote, sustancia de dioses, poderosa herramienta de los hombres.

Entonces tomé la porción que me había obsequiado. Juan me guío hasta los demás. Cada uno realizaba su parte de la actividad, había mujeres preparando las hierbas, hombres cuidando el fuego, su médico se encargaba del cuerpo mientras Felipe lo proveía de lo necesario para realizar su labor. No supe qué hacer ante tal escena de organización, temía romper con el equilibrio, así que opté por quedarme mirando, dispuesto a ayudar en lo que se me pidiera.

De pronto la chica abrió los ojos, clavó su mirada en los míos, y mi mente viajó. La vi, era ella, la había encontrado siglos después. Entonces nuestras miradas se tomaron de la mano. Me llevó hasta el lugar de nuestro primer encuentro. Estaba sentada sobre la banqueta, se trenzaba el cabello con una delicadeza única, sus manos de terciopelo resbalaban entre su cabellera larga, oscura, de una oscuridad brillante como la obsidiana que traían los comerciantes del sur.

Ahora vivía ahí, de nuevo. Cómo podía ser posible que hubiera olvidado aquello, los mejores años de mi vida, o mejor dicho, la mejor de mis vidas. Al reaccionar de tan increíble sorpresa, corrí, corrí entre los senderos de las casas grandes, la casa de las guacamayas, la cancha para el juego de pelota, el altar, todo era igual, todo seguía siendo maravilloso, no creí que aún existieran. Pero ese no era un mundo real, en realidad todo aquello ya no estaba, sólo quedaban las ruinas de Paquimé, yo lo sabía.

Sin embargo, quería permanecer, ojalá hubiera podido quedarme por el resto de mi existencia, pero el tiempo se aferraba en trasladarme de un lado a otro. Me sentía tan satisfecho y feliz, pues se me había concedido la dicha de volverla a ver, y mejor aún, nos había llevado a nuestro lugar de ensueño.

No era necesario recordar cómo había sido nuestra separación, si fue a través del tiempo -que era lo más seguro-, así como siempre me arrebataba lo que comenzaba a apreciar y a sentir mío. Quizás por ello no acostumbraba ser muy apegado a las personas, pues estaba consciente de que tarde o temprano nos alejaríamos hacia mundos distintos.

Así sucedió, estábamos destinados a tener encuentros fugaces sin la oportunidad de decirnos una palabra, sin la oportunidad de darnos un adiós. En un instante, sin darme cuenta, ya no estaba, ya no estábamos, y reconocí los sonidos, las mismas sensaciones… Y va de nuevo, volveré a nacer.