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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Aniela Rodríguez Zapata. Chihuahua, Chih. 1992.

Narradora y poeta.

 

Formación artística y académica:

  • Licenciada en Letras Españolas, egresada con mención Cum Laude. UACH.
  • Becaria en el Curso de Creación para Jóvenes. Xalapa, Veracruz. 2010.

  • Becaria en el Curso de Creación para Jóvenes. Monterrey, Nuevo León. 2011.

  • Participó en certámenes y asistió a encuentros para jóvenes en el 2008 en la Ciudad de México.

  • Ponente en el Congreso de la Palabra organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UACh, tanto en la primera como en la segunda edición, así como en diversas mesas a nivel estudiantil al interior de la facultad.

  • Recibió el Premio Chihuahua de Literatura. 2013.

 

Producción literaria:

  • Escribe poesía, narrativa, teatro y ensayo literario.

  • Ha publicado en algunas revistas literarias como Ibi Oculus, RAWR, Sapiencia, Metamorfosis, Galápago, entre otras.

  • "Encuentros" (antología narrativa. Editorial Anagma. 2011).

  • "Insurgencia" (libro de poesía. ICM. Chihuahua. 2015).

  • "El confeccionador de deseos" (Libro de cuentos. Editorial Ficticia. 2015).

     

 

Muestra de obra:

Spleen del fugitivo

Y si todos se van, hija mía

¿qué vamos a hacer los que nos quedamos?

Cristina Peri Rossi

 

Ojala pudiera escribirte canciones, Miso, y así la vida no te llevaría por la inconstante suerte de sentirte desalmado. Ojala tu carita reposara sobre mis tinieblas, y yo te encontraría de nuevo, vestido y listo para enfrentar la desolación de un nuevo día. No hará tanto tiempo que ha amanecido: estas cortinas viejas ya no cubren más la piel del alba; habrá que cambiarlas pronto si no queremos pasar un invierno triste.

Pero hace cuánto te veía soñar en tu triciclo; parecería que fue ayer que burlábamos el tiempo cuando tu madre venía corriendo desde el mercado a decir “otra vez nos han pillado, esconde al niño bajo la cama”. Y tú corrías lleno de energía, conteniendo la respiración entre las botas de los generales; pobre Miso, lo que te hacía pasar este par de viejos en plena primavera de tu vida.

Ese día no pudimos pegar el ojo. Tú habías conseguido una paloma con el ala rota, tanto quisimos que la dejaras ir; tanto te negaste, y en cambio le hiciste lavado a la herida, la vendaste con lo poco de gasa que nos quedaba. Ella te quiso, por supuesto: cómo no te iba a querer alguien a ti, pobre bonachón. Sabíamos que pronto llegarían, y no quisimos decírtelo, era una verdad casi inevitable, nos venían picando las entrañas desde hace un tiempo; nos tenían bien ubicados a todos, era cuestión de ponerse a buscarnos entre los basurales y ahí estaríamos. Sabían que nos encontrarían. Sabíamos que lo harían, y sin embargo, decidimos dejarlo todo a la suerte de una moneda. Que cuando empezó a caer la primera estrella de la noche abracé a tu madre, y juntos nos persignamos: la fortaleza siempre tuvo la cara cortada.

Casi a la media noche quedaste dormido entre mis brazos, lacio como una tira de fideos; te dormiste en el estruendo, la tierra temblaba porque afuera los uniformados estrechaban patizambos sus grandes pies en la sólida tierra; yo estreché tu manita, tú casi no me sentías entonces, pero la mancha en tus mejillas lo decía todo, estabas tan tibio y tan sereno, absorto de las absurdas guerras de nosotros los adultos. Ser grande te vuelve estúpido, Miso, comprendes que nunca debiste crecer, que mejor morir siendo un renacuajo que verlos morir a todos uno a uno, a tu patria descorazonada, ver morir los animales indefensos y luego no tener el valor siquiera de echarte una soga al cuello para borrar las fotografías de la guerra sucia. Tu madre era una mujer fuerte, Miso, nunca dudó de sus ideas, era una libertaria de esas que va con un altavoz en la mano gritando palabrerías más o menos inútiles. Después de todo nada sirvió, ellos nos llevaron: qué iba yo a decir; sabíamos que iban a tocar la puerta tarde o temprano, bien claro nos quedó que esa noche iban a matarnos de un zarpazo. En el Uruguay de los conservadores todo tranquilo; nadie supo nada, y si lo hacían quedaba en el tintero; en el Uruguay de nosotros hubiese preferido el holocausto.

Qué tanto dolor podían causar, se preguntaba el gobierno, a unos pobres reaccionarios de mierda, inconformes, rojillos de cara muerta. Pero Dios no juega a los dados, hombrecito; mamá sabía pelear como los grandes, nadie le ganó nunca empuñando un argumento. Se calzó los zapatos, esa noche tuvo tiempo para hacerlo, no como las otras que salíamos descalzos y se nos clavaban los toritos en los dedos, regresábamos siempre con los pies hechos un kilo de carne molida.

Los soldados casi nos tumban la puerta, golpeteaban recios, como si no existiera nadie más en el mundo que una puertecilla de madera sucumbiendo ante los puños de un ejército furioso; nos querían caídos, helados, querían que nos rindiéramos pero la rendición se llamaba muerte, se llamaba cárcel, se llamaba exilio. Tú dormías o al menos eso quise creer. Nuestra portilla de madera sucumbió a las botas de los rasos; tuve miedo y casi me duele admitirlo. Tuve miedo a ser aplastado, tuve miedo de que me robaran el trocito de vida que me quedaba. Casi corro por no desmoronarme ahí mismo, y aún así me ganó el temor a que las piernas no me funcionaran.

A tu madre se la llevaron con las manos atadas y los puños bien cerrados. Por poco no pude ahogar el llanto, pero ella forzó una mirada que obligó a callarme, a comerme la desesperación. Se la llevaron, Miso, y yo me he quedado mudo, mirándola marcharse lejos, como sus ideas. La ataron fuertemente, de las manos; yo sólo pude anudar las tuyas y llevármelas lejos, donde no escucharan nuestros temores.

Las multitudes bajan desde lo lejos; he escuchado ya sus pasos. No sé si van a esconderse, no sé si se quedarán mirando. No sé si vas a despertar pronto, ni cómo tendré que decirte que mamá no vuelve ya. Que esas huellas de borceguí no son las mías, que esta vez no fui yo el de la puerta destrozada. Que no me lastimé la espalda brincando la soga; que las vacaciones de los vecinos dudo que terminen. Que tu padre ya no sólo juega a la guerra en tu pieza. Que hemos perdido la libertad, la paz, la confianza.

Y estás que abres un ojo; no te asustes, Miso, estamos juntos todavía, aférrate más fuerte. Despierta, hombrecito, que todavía nos queda el cruzar los dedos, apretar los párpados y esperar que la espiral del sueño deje de existir. Quédate quieto, que adentro de tu brazo el ala está curada: la paloma está cansada y quiere irse a volar.


Ojo de nahual

Cuando Yafet se fue por última vez, las palabras dejaron de hacerse sombra para volverse luz y luna: era el fantasma de tantas soledades lo que quedó en el hueco de la silla.

Ese dolor infernal la traía muerta desde hace ya varios días. Yafet creía que no había nada en su cuerpo que fuera diferente al mío, o al suyo propio. Era la mujer más ordinaria del mundo y nada le dolía más que eso mismo. Dejarla sola habría resultado un martirio propio: se pasaba las horas mirándose las manos al espejo, encontrando en cada surco un gen diferente que le entorpecía los rasgos. No era única, y no lo sería; tenía los cabellos erizados y toscos de su madre a la adolescencia; la nariz chata de su padre cuando el frío le punzaba hasta el escalofrío. Los hombros desparpajados, tal vez de su bisabuela; las cejas astutas que heredaría también alguno de sus hijos. Los mismos pies, las raspadas en los sitios estratégicos, el mismo olor a naturaleza muerta y los mismos zapatos raídos que pasaron por los lugares más inverosímiles.

No sé si la herencia triste de tantas generaciones le habría resultado más fácil de tragar. Hasta su estómago estaba ambientado a la gastronomía de sus raíces ancestrales, y claro que pudo soportarlo, pero no por mucho tiempo; probablemente, su cuerpo tenía una fantástica falta de simetría que no concordaba con el estándar de las teorías yanquis del yo perfecto.

Entonces todavía se quedaba a dormir por las noches. Yo abría la puerta y ella abría los ojos; pasaba, se sentaba, abría el tarro del café. Se dejaba caer en el colchón y se envolvía en el manto verde donde tanto nos gustaba susurrarnos mantras y dharmas. Prendía un cigarrillo después; habría sido un crimen decir que tenía vicios: lo hacía por ocio, por quedarse prendida a las figuras del tabaco cuando sorbía con ansiedad. Luego las ruedas de humo volcándose por la habitación, mugiendo entre las paredes del sueño. Me faltan agallas para decir que atravesaba cada uno, prometiéndole paciencia y tiempo.

Y hacía frío, y hacía tiempo también que no llegaba un fin de año tan triste, el invierno un buen día prometió más de lo que yo pude. Para esas noches éramos jóvenes todavía; en las escamas de la piel aún no quedaban rastros de vidas pasadas y jugábamos a cebar el mate como lo hacen los principiantes. Entonces yo tomé el primer sorbo para evitarle tragos amargos: ella me miró, quizás nunca antes me había mirado con tanta miel en los ojos. Yo pensé que me daba las gracias y se retiraba, pero el agua estaba caliente, y yo ya había curado la yerba. Sólo me miró, estaba yo sentado con las piernas entre los cojines, del piso recogió una cuchara y sonrió. “Hasta esta cuchara tiene más vida que yo”, me dijo entre sorbetes. No tomé importancia, me devolvió la matera y puse los labios entre la bombilla. “Mírame”, insistió. “No hay nada en mí que no tengan los demás”.

Pude haber escupido el té. Pude negarle el siguiente, pero me arrepentí “Un mate no se le niega a nadie”, me dijo. “Mírame”.

No lo hice. Yo sabía que en sus palabras había un aire de certeza: nunca había conocido a una mujer tan igual a las masas y tan diferente en casi nada. La misma sopa que sirven en un restaurante de comida corrida, el ayer licuado con lo de siempre. Nada había de diferente en ella más que aquella enfermedad de no sentirse distinta, única; en sus proporciones pesaba el legado de siglos varados en la bruma; ella era la mujer que nadie esperaba por ser la rutina en persona.

Ese último trago fue el más pesado. Si terminaba de aspirar el líquido debería responderle y quizás mentirle: sentí cómo cada partícula de yerba punzaba cada centímetro de la garganta, haciendo remolinos insoportables en la boca de mi estómago. “Dime algo. Un pedazo de mí que sea totalmente mío, que no haya sido fotocopiado”.

No había nada, quise pensar. Yo callé; ella se puso de pie, se calzó las botas y olvidó dar las gracias. Éramos jóvenes, pensé entre esperando un pretexto a su huida. Salió por la puerta de mi apartamento, y yo me quedé con el mate a medias y el terror en el bolsillo de la camisa.

No la busqué. Los cuentos de hadas no son muy lo mío; me fui a dormir sin cenar, en el refrigerador la comida se pudría y ella no estaba aquí. Estaba seguro de que volvería en cualquier momento, y volvería a entrar en las cobijas muriéndose de frío y de tristeza.

Nunca sabré cuánto tiempo dormí aquella noche, mas cuando desperté, ella ya estaba ahí. No la pensé siquiera; reparé en la fiereza de sus náuseas los domingos por la tarde, en la ternura de su complicidad y la comisura de sus labios cuando dormía enrollada en la litera. Habría caminado hasta la madrugada, y la dejé descansar, volví a cerrar los ojos, pero ya ella me tiraba puñales con la mirada. Entonces la encontré: había vuelto por una respuesta, ni el frío ni la inestabilidad de las estaciones iban a hacerla desistir. No hizo falta que lo preguntara; me levanté tan rápido como pude, el agua en la ducha era perfecta para cocinarse a ebullir. Aún dentro sentí sus ojos en mi nuca, esos ojos tan de su hermana la loca.

Es fácil concebirte como un todo”, le dije casi entre mordidas de lengua. Yafet no supo decidir qué palabras debía usar, volteó la cara a la almohada y se cubrió la cabeza con las sábanas. No sabía llorar, y yo a veces sentía pena por ella: tan limpia y sin poder drenarse el alma.

Me secuestró entonces un pensamiento animal. Así, por encima del precipicio que soportaba sus humores y hedores, la hice desintegrar. Comencé quitándole los dedos de tirones; luego fueron las manos, que no opusieron más resistencia al dolor. Le partí en dos los brazos, cada codo fue un solo mundo y cada rodilla un mar de constelaciones. El cuello fue particularmente difícil: era triste saberlo como un tronco ahumado, viejo, en donde se sostenía la parte más importante. La cabeza la tomé con cuidado, el centro de toda percepción, el Himalaya de sus cordilleras, la vorágine y cumbre de todo milagro.

Pensé en mirarle la piel más de cerca. Era cierto, no tenía nada de durazno, aunque sí mucho de pobre ordinaria. La mujer tenía razón, hasta el momento no había encontrado nada que me sorprendiera fuera de la conciencia: ni la curva de sus costillas, ni las costras de sus heridas, ni los vellos de sus piernas. La misma mujer que uno encuentra caminando en uno y otro lugar, un tanto desabrida y otro tanto pasada de moda. Ni siquiera en partes era diferente; volvía yo a entenderla completa, como si estuviera unida en alma por un hilo invisible.

Ya casi sin fuerzas, escudriñé en aquella feria de extremidades. Una sola faltaba para haberla inspeccionado a cada pulgada. Miré su vientre tan detenidamente como pude; nunca antes había reparado en la perfección de su abdomen, tan lúdico como un turista en tierras de la Atlantis.

Lo rocé con las puntas de mis dedos, apenas espuma recién esculpida. Acaso tendría cierto olor a fruta fresca, un coctel de emociones típicas de la temporada de lluvias. Noté la precisión de sus poros, el antagonismo de los estertores cuando mis uñas trepanaban en su carne. Ni una línea sobrante, ni un sobresalto visceral: alguna pretensión tendría debajo de esa atemporalidad.

Reírse con la crueldad de las telenovelas, aspirar el azúcar cuando está sobre la mesa, comerse lo mismo un chícharo crudo que tres tortas fritas con canela, comerse a besos de repente, hurgarse el ombligo cuando el televisor no está encendido, reptar igual de hambre que de miedo, cantar desde bajo de las vísceras: quién era yo para juzgarte, Yafet. Quién eras tú para dejarte ir tan de repente, si en tu vientre estaba lo que querría yo llevarme hasta la muerte. Tu ombligo tan fino, tus caderas tan mujer y tan tú. Tus caderas que quizás en ocasiones, eran también mías.

Mordí entonces tu ombligo. No quería olvidarlo; alrededor de él se formaba un río de las más dulces tentaciones; acaso los atardeceres se habrían perdido en el vacío que formaba el cadáver de ése cráter tuyo. Nunca antes te había mordido con tanta sal entre los huecos. No supe si volví a encontrar el cielo o si me perdí para siempre en el infierno; qué más importaba tanto que volver a comenzar. Miel y leche hay debajo de tu ombligo, te recité en voz baja, pero tú ya no escuchabas. Tú también volvías a nacer.

La falacia de la vida, Yafet: abriste los ojos, despertando de un sueño casi melancólico, con lágrimas atoradas entre las pestañas y pústulas de amor en las uñas de las manos. No me quedó más remedio que volver a armarte de pe a pa. Te pegué con saliva los dedos a los polos, amarré bien las piernas y los brazos; ajusté bien la cabeza, le di vuelta a los tornillos, al pecho otra vez el corazón hirviendo. Tú apenas reparaste en ello, y yo volví a dejarte igual de ordinaria que siempre.

Te quejaste. Te dolía la cintura más que otros días, pero el mate habría de ser, ya ves: uno nunca se acostumbra a las trivialidades de este existir remolino. Diste tres vueltas en la cama, te tallaste los ojos y ya no supe qué pasó. Ibas a fumarte un cigarrillo; yo te ofrecí fuego, no quisiste aceptarlo. Llené la pipa con tabaco fresco y ahí estabas tú, vomitando una parábola con esos ojos de avellana. “Mírame”, dijiste, para no olvidar viejas tradiciones. “Cuéntame una historia sobre mí”.

Muy de lejos, he asomado una ojeada a tu ombligo henchido. “Es fácil concebirte como un todo”, te he dicho. He sonreído tristemente, tú has caminado con metódica felicidad a la cocina. Desde este cuarto, te he escuchado abrir en silencio la llave del agua caliente. Yo pensé que dabas las gracias y te ibas, pero el mate está en la mesa, y la yerba no soporta otra lavada.

El cadáver de la fruta

 

Yo tampoco la habría abandonado, pensé. El hombre cruzó la calle maleta en mano, volviéndose loco, con las manos hechas un nudo y el corazón lleno de astillas. Yo creía que podía mirarlo sin quemarme los ojos hasta que volvió la mirada hacia mí; entonces, y sólo entonces recordé las siniestras pupilas de mi padre arrobándose en el más déspota de los arranques, a mi exmarido quemando una por una todas mis cartas, mis más adolescentes cabellos, mis toallas sanitarias. Recordé a mi madre dándome la mano cuando caminábamos por el parque decirme no dejes que te dejen, Dalita, uno no es capaz de soportar ni el abandono ni la muerte, y de poco había servido porque entonces y sólo entonces me había enamorado de algún mocosuelo del jardín de niños que terminó dejándome por un pedazo más bonito de frazada. Eventualmente todos terminaban descubriendo que yo no servía más que para ocho cosas: para nada y para siete chingadas. No sé cuándo se me ocurrió que debía quitarme de las manos ese papelito cínico de interpretar al dejado, al despojo de tierra que se quedaba resbalándose entre la esperanza del nunca.

El hombre caminó lentamente. Dio un traspié y se acomodó los pantalones que le quedaban casi a la altura del tobillo. Finalmente eran los únicos que le quedaban. No había traído mucho consigo; a lo sumo el viejo encendedor de su abuelo, algunas camisas que todavía no se veían tan desgastadas si escondía los puños y un segundo par de zapatos para burlar la falta de creatividad. Sus cincuenta años no le daban miedo; lo que realmente temía era el futuro de su perro que tanto quería, porque su mujer no le había dejado llevárselo, porque su mujer no le había permitido cargarlo en la maleta, porque su mujer le había cerrado la puerta en las narices, porque su mujer. Así y con todo yo sabía que dejar al otro es casi como dejarse a sí mismo, me lo había enseñado aquel ahogado que me hablaba de amor y yo sin prisas había olvidado quitarme su anillo y hasta ahora me daba cuenta que si lo arrancaba de tajo quedaba una horrible marca entre mis dedos. Estaba destinada al compromiso, como aquel hombre que se me estampó en la maldición de un sábado en la ventana del auto.

El hombre cruzó la calle con la esperanza de volverse hormiga o fruta. Por lo menos una cosa pequeñita libre de la cochina culpa de ser un vendedor de autos cualquiera. A medio camino se le enganchó el pantalón a las ruedas y maldijo en silencio su suerte porque ni siquiera para eso tenía gracia ¿Qué era el abandono a fin de cuentas? ¿Una piedrita en el zapato? ¿La suerte de romper sus únicos pantalones con la maleta que ahora contenía el esfuerzo de siete años de matrimonio? Miró al cielo. El tráfico por primera vez parecía una cancioncita sin importancia, de esas que salen a mediodía en estaciones de radio que ya nadie escucha.

Lléveselo, ya no nos sirve, gritan las multitudes en avalanchas sobre el hombre. Le arrancan a pedazos la camisa, buscando llevarse el recuerdo de aquel hombre arrojado a su destino, el hombre que todavía manchado tiene que cruzar las calles evadiendo la orquesta de autos y luces de semáforo. Los himnos se van destazando uno por uno en una maraña de sirenas y gritos de la gente que mira al hombre hecho pedazos. Cierra los ojos fuertemente, pensando en las cosas que se han ido desvaneciendo como el humo en un día de invierno. Titubea. Siente en el fondo del saco alguna carta de ella. Allá afuera, la vorágine de las luces ya no puede hacer otra cosa con él más que acariciarle con violencia los cabellos. Él escucha dentro de sí mismo las mismas voces que intempestivas se arremolinan contra su pecho.

Mírelo, ya no le queda nada. Aprieta con fuerza la maleta, ya no recuerda si su padre le ha enseñado a fumar y qué deseos de empezar a hacerlo hoy, en este preciso momento. Bandadas de pájaros anónimos hacen temblar sus alas como riéndose una y otra vez; los chanates graznan, las palomas se revuelcan en las migas de pan.

Nadie es indispensable, reza una pancarta en lo alto de la ciudad. El hombre saca de su bolsillo un puñado de uvas pasas y va masticándolas a puños. Es lo único que le queda de su vida pasada. Es uno de esos recuerdos tísicos. No me gustan las uvas pasas porque es como estar comiéndose uno a uno los cadáveres de una fruta que alguna vez fue bella. El hombre emula el desahucio de su propia tristeza; una por una, va destazando con las yemas de los dedos las uvas, el único bocado que ha traído de lo que algún día fue la gloria de otro tiempo.

De última hora: hombre abandonado cruza la calle más peligrosa de la ciudad. Reportamos su travesía. El hombre camina, acariciando las uvas. Logra con fragilidad cruzar la calle: los pantalones ya no le estorban. Él piensa que no debió haberla dejado; yo, muy quedito, voy susurrándole, por si me escucha: yo tampoco la habría abandonado. Mi voz ya no es sólo una. Las voces del tiempo perdido se acercan poco a poco y se le estampan en la cara; fantasmas que vuelan entre el limbo de lo imposible, de lo que ya no puede ni debe ser recordado. Sólo así comprende el hombre que volver la cabeza no sirve de nada si allá atrás, sólo tenemos el cadáver de una fruta que algún día fue hermosa.

Lléveselo. Ya no nos sirve.