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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Areli Flores García.

Narradora.

 

Formación académica:

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Desempeño laboral:

Actualmente es profesora de preparatoria en Ciudad Cuauhtémoc.

Ha colaborado en prensa y radio.

 

Actividades artísticas:

Ha participado en los talleres DEMAC, A.C.,  para mujeres que se atreven a contar su historia.

 

 

Muestra de obra:

Entre el azar y el destino

I

EL SALTO.

¿Cuándo comienza una historia? Es difícil precisarlo, los hechos se van entretejiendo sin que lo percibas, entre el azar y el destino. Y de pronto te encuentras caminando en un aeropuerto con el corazón acelerado, esperando a alguien que llegó a ti de forma sorpresiva, en una paradoja total como has aprendido que es la vida: esperar lo inesperado, esa es la regla para sobrevivir. Y ahí estás, en medio de tanta gente que carga en sus corazones desmesuradas historias como la tuya, mientras piensas como llegaste hasta aquí. Tiempo atrás hubieras dicho ¡jamás correría ese riesgo! con esa sonrisa de suficiencia que te sirve para descalificar lo descabellado. Pero el hubiera no existe, ya lo sabías y aquí estás, aguardando a alguien que en los últimos meses se ha vuelto importante, muy importante, que apareció un día en un encuentro fortuito, de esos que todos tenemos cada día, sin saber si uno de ellos será tan definitivo que cambiará el rumbo de nuestra vida.

 

Todo empezó en el elevador de la mina La Prieta: ahí, descendiendo a las entrañas de la tierra lo viste por primera vez, llamó tu atención su acento sureño y su cortesía desmedida, que en principio pensaste iba dirigida a una de las amigas que componían el grupo con el que habías viajado a Parral, en un verano de calor, lluvia y beisbol. Supiste que tú eras la destinataria de sus atenciones, cuando al despedirse te dirigió una mirada que te traspasó, pensaste que ahí terminaría todo, hasta que al día siguiente coincidieron de nuevo en una feria. No pudiste creer en tu buena suerte. Esa misma noche, luego de despedirse ya estaban hablando por teléfono. La distancia no fue un impedimento para continuar en contacto, no en la era de la globalización.

 

Hoy, después de un sinfín de conversaciones virtuales, es el día de verse otra vez, el escenario: la capital del país, una ciudad que es para ti algo así como una vieja amiga, a donde has llegado para encontrarte con él, y mientras recorres el aeropuerto para matar el tiempo escuchas una canción: bendito el lugar y el motivo de estar aquí, bendita sea tu presencia, proviene de una tienda donde la vendedora se entretiene tarareando la melodía, ¿azar o destino? ¡Para saber!, transitamos por el mundo oscilando entre esos polos que tal vez sean la misma cosa.

 

En la sala de llegadas te plantas frente a la pantalla que anuncia todos los vuelos demorados, buscas a tu alrededor… nada aún. Nunca te ha gustado esperar, así que comienzas a caminar otra vez sintiendo que de esa manera aprovechas el tiempo. Entras al baño, examinas tu peinado y al mirarte a los ojos, descubres la misma sensación que te invadía durante una competencia, cuando esperabas atrás del arrancadero para tomar la salida y sentías que el corazón se te quería escapar en cada palpitación, todo acababa con el disparo que te hacía brincar al agua y olvidar todo para concentrarte en nadar, nadar y nadar, no importaba el resultado, sólo que una vez más habías vencido el miedo.

 

Y esta vez al estar aquí, en una ciudad lejana y maravillosa, también le has ganado al miedo para encontrarte físicamente con alguien que supo tocarte mente y espíritu, nada más falta el cuerpo, piensas sonriendo, recordando las palabras del entrenador: Cuando ya no puede el cuerpo es la mente, y cuando ya no puede la mente, es el espíritu. Y hoy esperas que por fin cuerpo, mente y espíritu se fundan en uno sólo. Te diriges de nuevo hacia el punto de encuentro. Caminas con la certeza de que no te equivocaste al venir y sientes que, como cuando eras niña, saltarás con todas tus fuerzas, no a una alberca, sino a encontrarte con él, a quien ves aparecer por la puerta de llegada buscándote entre la gente, marcando el teléfono que hace vibrar el tuyo y que contestas sin atinar a decir palabra alguna, hasta que están frente a frente y comentas, sin colgar, antes de fundirse en el abrazo de oso que te había prometido: ¡ya te vi!, bendito Dios por encontrarnos…

 

Lo que sigue es la confirmación de lo percibido en el primer encuentro, a través de la cámara, de la voz en el teléfono y cada palabra escrita en el teclado de la computadora. La sensación de saber que la intuición no te ha fallado esta vez. Te das cuenta en pocas palabras, que el salto ha sido bueno, y como en natación, el arranque es definitivo para tener éxito en la prueba. Lo que sigue, al igual que en el agua, dependerá de muchas cosas.

 

II

REDESCUBRIENDO UNA CIUDAD.

La ciudad de México me vio nacer y partir un día para crecer en una tierra lejana, abrupta y extremosa; es el espacio al que volví en la adolescencia para estudiar y en el que me reconocí por primera vez como adulta, es un territorio que me regaló amigos entrañables, experiencias inolvidables y la certeza de que en medio de sus millones de habitantes, hay un lugar para mí.

 

Pero esta vez la ciudad, mi ciudad, se nota diferente. El aeropuerto: impersonal y frío como había sido hasta ahora, asociado en mi mente a prisas, carreras y esperas interminables, hoy me ofrece canciones que me hacen pensar que nuestro encuentro es más que una casualidad, más que una de la millones de interacciones que ocurren habitualmente y que nunca llegarán a concretarse, una más de las que tuve antes de descubrir en tu expresión algo que me dio confianza y me hizo detenerme a pensar en ti como una posibilidad de ser.

 

No se si llamarlo química, intuición, azar o destino, pero hoy he dado un paso adelante para descubrir si seremos capaces de trascender esta quimera construida a través del correo electrónico y la mensajería instantánea, estoy a punto de saber si seremos capaces de construir una historia compartida. Creo que quien inventó la red, esta herramienta para evitar ataques a los sistemas de comunicación durante la guerra fría, nunca imaginó que serviría para que dos personas continuaran con una relación que inicio en las entrañas de una tierra que algún día sentí como ajena y que se convirtió en el lugar al que quiero volver siempre que estoy lejos; y no me extraña que sea la ciudad de México –mi otra tierra- el escenario para nuestro encuentro, porque de alguna manera, todo lo importante en mi vida tiene que ver con este lugar, que he recorrido miles de veces de todas las formas posibles: acompañada de mis padres y hermanos, de la pandilla escolar, de quien fuera mi primer amor, de compañeros de trabajo que en el camino se fueron haciendo amigos y sola, cuando necesitaba un respiro y paradójicamente lo encontraba perdida entre la multitud que camina por sus calles cargando afanes y deseos escondidos.

 

Este día sin embargo, mientras avanzo de tu mano por la calle de Madero, me doy cuenta que esta caminata no se parece a ninguna que haya hecho antes: aquí estamos tú y yo descubriéndonos, entre miradas, sonrisas y conversaciones que se amontonan y saltan de un tema a otro porque hay mucho que decir, y así se me revela una nueva ciudad, que contemplo desde un miralejos en la Torre Latinoamericana, testigo de nuestra primera fotografía juntos.

 

Luego, terrenos tan conocidos como el Edificio de Correos, el Palacio Nacional, Coyoacán y Bellas Artes, se me revelan nuevos, los contemplo con los ojos del turista que los ve por primera vez y se maravilla de su grandeza, escucho a los organilleros, fieles encargados de musicalizar nuestro recorrido, y me doy cuenta de que los veo así porque estoy junto a ti. Bendita la luz de tu mirada...

 

III

EL DESTINO Y EL FUTURO

Todos alguna vez hemos deseado conocer el futuro. La tentación de saber cómo será mañana, de adelantarnos a las sorpresas que harán a nuestra existencia salir de lo ordinario y saber quienes se cruzaran en nuestro camino por un instante o la vida entera, nos lleva a buscar en los astros o en una bola de cristal, la guía que oriente nuestras acciones, sueños y decisiones…. El futuro esperanza o atemoriza y caminamos hacia él cada día de manera irremediable.

 

Por eso, rumbo a casa, luego de mi encuentro con él, pienso en el futuro de esta relación ¿Esperanza o temor? Ambas cosas a la vez ¿Por qué será que la vida no nos pone nunca una sola cara? Siempre tenemos dos opciones: el día o la noche; la alegría o la tristeza; el amor o el odio; la vida o la muerte; y en medio, un sin fin de matices. Creo que de eso se trata la vida: de elegir. Toda nuestra existencia es un cúmulo de decisiones, así forjamos nuestro destino, en esa voluntad absoluta que es la posibilidad de decir sí o no, que nos permite ordenar este caos que es el universo.

 

¿Qué nos lleva a elegir? Ese es el misterio de la existencia, aquí cabe el destino, el azar, la razón, los sentimientos, la voluntad divina…. Depende de cada quien ¿Qué me llevó a decidir que sí quería conocerlo, a emprender esta aventura que me ilusiona y me roba la calma?

 

Cuando lo pienso, creo que no hay una explicación lógica, porque he aprendido que la vida es así: no hay lógica en que un hijo muera antes que su padres; y pasa todos los días; tampoco es racional que las cosas valgan más que las personas; y en la frontera está más protegida una lata de refresco que un inmigrante. Así, ¿por qué tendría que ser lógico que me encontrara con él? Hay cosas que escapan a la racionalidad, al pensamiento, al control, y a veces son eventos muy afortunados, aunque nos llene de incertidumbre lo que seguirá después.

 

Porque el futuro no es halagador para una relación a distancia, construida a través de una computadora. Eso me queda claro desde el más elemental sentido común, desde la racionalidad a la que apelo constantemente para resolver mis problemas cotidianos, en esa parte donde no caben las ilusiones ni los sueños ni los milagros, sólo los hechos y sus consecuencias. Así me lo hizo ver mi hermana cuando emocionada le hablé de él: ¿Qué andas buscando tan lejos? no me malentiendas, es que no quiero que sufras, nada más quiero verte feliz, lo que tú decidas está bien…

 

Lo que yo decida… si apelara a la racionalidad, ni siquiera lo habría conocido. Si hiciera caso a lo que debe ser ahora estaría casada con el que fuera mi primer novio formal, el que tuve al final de la carrera, de la misma ciudad, la misma profesión y sin ningún compromiso. Tal vez tendría dos hermosos niños que nadarían y jugarían a ser escritores. Era lo más lógico, lo que todo mundo esperaba, pero cuando tuve que decidir, algo en mi interior gritó que no, que no era él, que yo debía tomar otro rumbo, que me faltaba crecer antes de formar una pareja.

 

Y contra todos los pronósticos un día lo dejé ir, escuchando una voz en mi interior y, aunque me dolió, jamás me arrepentí: sola, descubrí una vocación desconocida, aprendí a ser tía antes que madre, conocí el placer de gastarte todo un sueldo en ropa sin ningún remordimiento y planear en una mañana perezosa, viajes que se concretaron esa misma noche. Así que después de todo, no siempre la razón tiene la respuesta, porque esos fueron años memorables en mi vida.

 

Por eso, cuando el azar me condujo hasta el rincón de la tierra donde lo encontré, supe que pese a mis temores, había que decir sí. Fue su mirada, su sonrisa y la expresión de tu rostro. Después, la sensación de conocerlo desde antes, de poder hablar de cosas que con nadie más, desde las más serias hasta las más chuscas. Y así, con cada conversación empecé a pensar que era algo más que una casualidad.

 

De pronto se había convertido en alguien muy importante y en realidad no sabía nada de él ¿Quién era? Conocía tan poco y sin embargo despertó algo en mí que no tenía planeado, como si un sentimiento pudiera programarse. Sé su nombre y apellidos, sé donde vive, aunque conozco su casa a través de una cámara, sé cómo se llaman sus padres, aunque sólo imagine sus voces; atisbo que duerme mal, come bien y no le gusta la soledad.

 

No sé como es un día normal de su vida, cómo es su letra, cómo maneja y si es un hijo cariñoso. Tampoco sé como baila, ni quiénes son sus amigos. En cambio, conozco su ortografía, cómo luce ante una webcam y cómo suena su voz en el micrófono. Sé que no puede vivir sin su computadora, porque en ella está su mundo codificado en extraños lenguajes, yo incluida. Percibo que es impaciente e impulsivo, aunque confía en Dios por sobre todas las cosas, aunque nuestra comprensión de él sea distinta. Sé que es noble y bueno, aunque de repente sea inseguro y celoso.

 

Así, aunque no esté físicamente con él, no nos sentemos a la mesa juntos ni vayamos a la cama cada noche, está en mi mente y en mi corazón con la certeza de que la imagen que tengo de él, en esencia es la correcta. Posiblemente hay muchas cosas que ignoro, porque nunca acabas de conocer a las personas, y no hay contacto físico diario que te garantice que sabes quién es alguien realmente, por eso somos fascinantes los humanos, porque crecemos o decrecemos cada día, pero nuestra naturaleza permanece.

 

Yo me he mostrado lo suficiente para que él tenga una idea clara de mí. Soy la misma frente a la cámara que lejos de ella. Quizá faltaría decir que padezco el síndrome de conductor –insulto al mundo entero cuando voy manejando, pero me bajo del carro y vuelvo a ser un dulce -, que uso un horrible mameluco para dormir cuando nieva porque se me enfrían los pies, que cuando me enojo soy la reina del sarcasmo, que a veces peco de franca por eso no perdono las mentiras, que me gusta sentirme protegida y consentida aunque finja indiferencia, porque no me agrada parecer vulnerable, que puedo ser muy despectiva, aunque trato de no serlo nunca y que no tolero las injusticias.

 

Tal vez no sea la mejor mujer que él conozca, seguramente hay mejores, o al menos más cerca. De lo que sí estoy segura, es que esta aventura cabe en esa parte mágica de la vida donde habitan la literatura, el amor y los milagros, y es donde hoy he elegido vivir.