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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Elpidia García Delgado. El Porvenir, Chihuahua, 1959.

Narradora.

 

 

Actividades literarias:

  • Ha escrito crónicas breves del duro ambiente laboral de las maquilas, en su blog Maquilas que Matan.

  • Es miembro desde 2009 del Colectivo de novela Zurdo Mendieta

  • Participa desde 2011 en el Taller de Narrativa del Instituto Chihuahuense de Cultura.

 

Publicaciones:

  • Ha publicado cuentos sueltos en las siguientes revistas de Ciudad Juárez:

  • El Reto

  • Paso del Río Grande del Norte

  • Cuadernos Fronterizos UACJ

  • Ombligo

  • Semanario

  • Ha sido antologada en:

  • Narrativa Juarense Contemporánea. Archipiélago, 2009.

  • Manufractura de Sueños. Rocinante Editores, 2012.

 

Premios, becas y distinciones:

  • Obtuvo la beca David Alfaro Siqueiros 2012 de cuento

  • Premio Programa de Publicaciones 2013 del ICHICULT.

 

Muestra de obra:

Niño pollo

 

Sujit, el niño pollo, cacarea desnudo como una más de las gallinas que corretean a su alrededor. Pronto aprendió a decir cocorocó, clocó, quiquiriquí, los cantos de las aves de corral en continuo concierto.

Algunos se detenían en la cerca sorprendidos al verlo, hacían preguntas, y al no obtener respuestas, se marchaban con un reproche en el gesto. Al final todos se iban. Quizá lo olvidaron allí como se olvida el nombre de una calle, tomar la medicina, el cumpleaños de un amigo.

A falta de un pico amarillo, el pequeño restriega la nariz y la boca contra la tierra para comer los granos y migajas esparcidos en el suelo. Para beber agua, embute la carita en una cazuela. En las noches no hay canciones de cuna que lo arrullen. En el corral solo se escuchan cocorocós, clocós, quiquiriquís y por cuna hay una percha a la que se encarama para dormir. Hasta la luna de Fiji se sorprende de ver al niño pollo junto a la fila de aves dormidas, equilibrándose para no caer. Él la mira y quisiera jugar con esa cosa redonda, libar la leche de su blancura. De alguna forma se da cuenta que no puede alcanzarla, ni aunque tuviera alas gallináceas.

Ninguna de las aves lo acarician ni abrazan, pues no dan besos los picos ni pueden decir su nombre, solo cantar cocorocós, clocós, quiquiriquís. Entonces Sujit aprendió a ser niño pollo, sin siquiera la compañía de otro niño lobo o algún niño gacela. En las noches se adormece sintiendo la caricia de la fosforescencia lunar en su rostro, imagina historias de su ausencia diurna. Su resplandor es un bálsamo y su luz, unto que le alivia la locura.

Veinte años después es un hombre gallo. Gira la cabeza igual a ellos, aplasta la nariz y dientes rotos contra el suelo, alarga el cuello para entonar largos quiquiriquís. Sus pies tienen la curva forma de la estaca. Camina sin dirección, sonríe al disco de plata en los plenilunios.

 

Un día, Torika, la loca del puerto de Suva que regala flores, conchas de nácar y hasta piedras marinas a los transeúntes, lo descubrió detrás de la valla del gallinero. Sintió un flechazo. La enamoraron la inquietud y dulzura de su mirada, quizá porque se parecía a la de ella. Lo llevó de noche a su choza frente al mar, le dijo que era un hombre, no pollo, ni gallo, ni ave. Lo rodeó con brazos que no tenían plumas, le dio besos con sus labios sin pico, lo durmió en su cama y cantó a su oído. Sujit se dejaba arrullar con la dulce voz de la negra de pelo ensortijado, acariciar por la suavidad de esas manos y esa boca, que casi olvida que era un hombre gallo. Entonces movió la cabeza de forma nerviosa, como una gallina confundida, para mirar por la ventana la luna de Fiji. Esa noche, la intensidad de su brillo, reflejado en el agua, la hacía espectacular. Estiró el cuello y de su pecho salió su más afinado quiquiriquí. Torika hubiera estado dispuesta a ser mujer gallina y cantar clocós todo el tiempo, pero comprendió que el amor de Sujit estaba en el reverberar de la luna. Cabizbaja, dejó al hombre gallo cantando por siempre a su inasequible amada en el corral. Antes de marcharse, le regaló un lustroso pico amarillo.