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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Mayra Iturralde. Chihuahua, México. 1975.

Narradora.

 

Formación académica y artística:

  • Es Licenciada en Contaduría Pública.

  • Ha tomando Talleres de Narrativa impartidos por el Gobierno del Estado Narrativa y Poesía, Talleres de Creación Literaria, Relato Breve y Micro Relato en España.

     

Premios:

  • Obtuvo el Segundo Lugar en el II Concurso Internacional de Nanocuento Fantástico y Ciencia Ficción "Androides y Mutantes". 2012.

 

Publicaciones:

  • Contorno Convexo" (2013)  Relatos Cortos.
  • El Gato Negro” (2012) Novela corta.

  • El Circo de la Vida” (2009) Cuento Infantil.

  • Hanna y Sinsué" (2008) Literatura Juvenil.

  • La Soldadera” (2004) Novela Corta.

  • Antología "La Isla en Versos" (2013) La Habana, Cuba.

  • Antología "Voces Ajenas" (2013) Sevilla, España.

 

 

Muestra de obra:

Mil besos, novecientos noventa y nueve sobre los labios

-¡Los hermanos no se besan en la boca!- nos dijo mi madre a Margot y a mí, ella de ocho años y yo acaso de seis. Fue en la época en que mi padre se enlistó al ejército, la misma época en que terminó por ir a la guerra.

Tras su marcha se prohibieron los campamentos, las diversiones y tiempo después, la radio. Las luces se apagaban a las siete en punto de la tarde y aquella casa se volvía enorme, fúnebre, detestablemente sombría. A veces asistíamos al colegio, aunque los recreos se habían restringido, hasta que, definitivamente cerraron la escuela. Fue la época además, en que Margot aprendió a leer de corridito, “mujercitas” y un poco de “Shakespeare” e iba en mi busca e interpretábamos algunas escenas, regularmente montado yo en sus piernas, para luego terminar con un beso sobre la boca.

Mamá era extraña, por las mañanas se sentaba frente al ventanal y miraba frecuentemente hacia la calle mientras cosía, remendaba, planchaba… Margot y yo, regularmente éramos invisibles o por lo menos procurábamos serlo para ella, evitábamos hacer ruido, preguntar o chistar por algo, mientras ella seguía allí, sentada, muda, pensativa, transportándose a no sé qué tantos mundos. Esos lapsos los aprovechábamos para hacer nuestras travesuras de niños, tomábamos el té con la tía Lola, una gata blanca con un ojo azul y el otro verde, jugábamos a la familia, a los esposos y escenificábamos algunos desquebrajes de amores platónicos que Margot leía o tal vez, se inventaba.

Una tarde antes justo antes de cenar, olvidándose de la oración que nuestra madre nos obligaba a citar, Margot se llevó un panqueque a la boca. Fue tanta la furia de mamá que la obligó a poner sus pequeñas manos sobre la hornilla caliente de la estufa, jamás volví a escuchar los ruegos de mi hermana nunca más, nunca más como ese día, pero mi madre y su temple de hierro, no cedieron a ellos y yo, yo sólo fui testigo, tenía miedo.

Desde aquel día aprendimos a respetar sus órdenes, sus condiciones.

Durante los días lluviosos o fríos, solíamos acarrear costales de carbón a casa, mamá odiaba la lluvia, el viento, el invierno… bueno casi todo. Para Margot era un poco más difícil que para mí hacerlo, no tenía suficiente fuerza en los brazos, ni en las manos, las manos que llevaba escondidas en los bolsillos, o bien, enredadas en unas medias, ocultas de los ojos de todos, excepto de la vista de mi madre, a quien le gustaba mirar durante la cena, aquellas manos que alguna vez fueron una sola ampolla y tiempo después, una cicatriz, unos guantes mal zurcidos de piel.

Margot había heredado de mi madre mucho más que el color del cabello y las pecas de la cara; sus ojos y sus pesadillas. Algunas noches gritaba desesperada sobre su cama y no podía ir en su ayuda, lo tenía prohibido. Y cuando le preguntaba sobre esos sueños, nunca los quiso compartir conmigo. Temía contármelos pues podían influir sobre los míos, pero aunque nunca lo dijo, sé que soñaba con fuego.

Una de aquellas noches toqué una de sus lágrimas con mi dedo, me lo llevé a la boca, su sabor fue amargo, salado, seco. Me acerqué a ella, la tomé por los hombros y deslicé mis labios sobre su cuello, inmediatamente cesó su llanto. Recuerdo que fue la época en que usaba las camisas heredadas del padre que jamás miré retornar y quien de mi mente terminó por morir un día. Margot y yo, continuamos creciendo, nos alborotábamos el cabello, nos espabilábamos los sueños y crecíamos además, en juegos.

Me gustaba besar sus pequeños senos del tamaño de una cereza y de color marrón, su contorno convexo de niña y tiempo después, sus senos maduros, duros, de pezones erizados y su vientre de casi mujer. Así fue como descubrí su tesoro, su cavidad, su rajita húmeda. Me gustaba despojarla de su ropa interior, recostar mi cabeza sobre sus rodillas y hacer pequeños círculos sobre sus diminutos labios rosas, mientras ella declamaba o simplemente leía. Me gustaba imaginar que su sexo eran las fauces de un gato, disfrutaba acariciar su diminuto pelaje, terso, fino,color oro y fuego y mirar esa su lengüita escarlata, oculta. Me gustaba abrir y explorar con los dedos, con los labios, con la lengua, me hipnotizaba su estrechez, su tibieza interior y esos sus gemidos ahogados que huían de su boca apetitosa, de esa boca que tenía prohibido besar, de esa boca entreabierta y jugosa, la boca de Margot que exhalaba ruegos y clamores y que aderezaban esos espasmos, esos remolinos bestiales que se debatían tan internamente de mi pantalón.

Me gustaba tener las fauces del felino bien abiertas y dentro de él, mis labios, lamiendo su lengua suave con mi lengua salvaje y aprisionarla con los dientes y torturar y sorber y fusionar su sabor fluido con el exceso de saliva que producía mi boca, dentro, muy dentro… esa boca que bebía y que se alimentaba y seguía lamiendo como en shock o trance, mientras sus piernas jugaban, se alzaban, se doblaban y terminaban por aprisionar con fuerza, la parte de atrás de mi cuello.

A la cuenta de mil besos, uno sobre la boca infantil de Margot muchos, muchos años atrás y novecientos noventa y nueve sobre sus hinchados labios rojos; se abrió la puerta y tras ella, los desorbitados ojos de nuestra madre, un grito atroz escapó por mi pecho y me vino a despertar sentándome al borde de la cama, afónico, excitado y dolido comprendí dos cosas; una, que nadie vendría en mi auxilio y dos, que me había contagiado de las pesadillas de Margot, de las pesadillas de mi madre.