FacebookTwitterGoogle Bookmarks
  • Web premiada con el Premio Internacional OX

Mariana Belén Villaseñor Quintana. Chihuahua, Chih. 1991.

Narradora y poeta.



Formación académica y artística:

  • Actualmente curso el séptimo semestre en la licenciatura de Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. (2010-2014).

  • Diplomado en informática

  • Taller de dramaturgia

  • Taller de títeres didácticos

  • Estudios en géneros literarios de la biblia y Teodicea

  • Estudios en Feminismo y Teoría de género

  • Taller de teatro. Grupo de teatro Enrique Macín. Facultad de Filosofía y Letras. UACH.

  • Recientemente inició el colectivo de estudios de género Lo Otro, con el apoyo de dicha Facultad.



Muestra de obra:

El patriarca de las enaguas

 

I


-Nadie debe saberlo, si alguien se entera, si él se entera… ¡nombre, seguro nos dejan como santo Cristo…!

-No Martina, nadie va a saberlo nunca. Te lo juro...

-Bueno, sé que así será, porque me amas, ¿verdad que me amas hermanita?

-…Sí Martina, te amo...



 -Martina no es normal...

-Claro que sí apá...

-¡Que no!, mira, mira que feliz está siempre la condenada, a su edad todas las mujeres deben estar tristes, ya tiene más de veinte, está quedad y además sola…con eso de la muerte de mis compadres y Pedrito, su hermano, debería estar pero si vistiendo santos. No, no, no ¡Martina no es normal Josefa!-.



-Mi madrecita me decía, que a las niñas no se les toca el sexo; solo la mamá y el esposo le toca el sexo a la niña...

-Y el amante Carmela, también el amante se lo toca, y se lo lame y le mete el sexo por su sexo Carmela...

-¡Cállate Martina, qué sucias cosas dices...!

-¡¿Pero tú no vas a decir nada, verdad, Carmela?! ¡¿Verdad!?.

-No Martina, tú sabes que yo te amo-.


Martina era de esas cosas que permanece, que se llevan  y no se olvida, como los lunares, las pecas, las enfermedades genéticas y la muerte. Martina era mar: frío, saldo y triste, solitario…yo era como el velerito, que se mece al antojo de mar, fuerte y débil, no le queda más que seguir a la brisa. Martina estaba llena de contradicciones: "Bi-bi-bi-po-lari-lari-dad" leí en un libro de psicología que estaba en la biblioteca de la secundaria. Había pocos libros, casi todos de ganadería, pero Martina me decía:

- Éste, éste del principito te va a gustar- me decía, y una gran sonrisa se dibujaba en los hoyuelos de sus mejillas- A Pedrito le encantaba…mi Pedrito, pa qué se tenía morir…- Pedro hijo, murió siendo aun un chiquillo. Se ahogó en las orillas de uno de los arroyos mientras jugaba con sus soldados. Martina estaba ahí, y no pudo hacer nada por él, el arroyo era mil veces más fuertes que sus cándidas manos. Algo en ella murió entre las sórdidas aguas ese día, algo se quebró mientras veía a Pedrito, con desesperación luchar por algo de aire. Martina se volvió loca, comenzó a ser adulto desde muy niña. Tenía la costumbre de matar pájaros, liebres, gatos salvajes y de tocarme, esa era su mayor costumbre. Le gustaba agarrarme todo el cuerpo, tenía la rubecilla seis años más que yo. Siempre trepada de mi cuerpo, yo no sé qué buscaba en mi boca, pero parecía que quería comerme las amígdalas. Me sujetaba mis apenas prominentes senos con violencia y acariciaba mis muslos con fuertes masajes como intentando tallarlos de suciedad.  Su aliento jadeante, como de chiquillo inexperto, sus largos cabellos sobre mi cara, rosando mi cuerpo.  Le daban una apariencia de ángel caído dispuesto a la rebelión. Voltéate, pa que te talle la espalda Carmela. Tú no te sabes bañar, ¿verdad que no Carmela?

"No", le contestaba jadeante, casi sin aliento.

Por la mañana, antes del canto del gallo,  ordeñábamos al ganado, alimentábamos a las gallinas y a los becerros, recorríamos los cultivos fertilizando los campos de elote de mi padrecito. El sol bañaba de amarillo todos los pastizales, y las mazorcas parecían de oro. Todos los pueblos sufrían por las malas cosechas, por los climas tan raros y por la quita de tierras con la que amenazaba el gobierno. Como ya lo había hecho con las tierras de los padres de Martina.

-Estamos re jodidos, y estos hijos de su mais que nos quieren quitar hasta las tierras, quesque para hacer hotelitos y no sé qué más, que pal turismo. Se van a acabar las Barrancas, y a su gente. ¡Se lo van a acabar todo!-.Alarmaba mi Papá a todos los del rancho.

Martina y yo hacíamos lo que podíamos para ayudar a mi Padrecito, ella era fuerte y decidida como pocas nos atrevíamos en ese entonces. Se quitaba el overol, no conocía el pudor ni la vergüenza, a veces miraba de reojo a los montes, y había algunos chiquillos sinvergüenzas esperando a ver  aquella masa vultuosa y caída que brincaban de un lado a otro, escapando del blusón de tirantes; cargaba kilos de heno sobre su espalda, es machetona se rumoraba por los pueblos; un delicioso sudor frío se resbalaba sobre su pecho mientras tímidamente yo le pasaba una toalla sobre el cuerpo, limpiaba su sudor, mi sudor...Ella reía y me besaba la frente, me besaba el cuello, me besaba el alma.

La conocí desde muy chiquillas, era de una ranchito cercano,  éramos las mejores amigas en la escuela, como uña y mugre, decían las vecinas. Después de la muerte de sus  padres, los compadres de mis apaitos, comenzó a trabajar el rancho y las tierras con nosotras. A Martina, mi padre le había enseñado todo lo que un hombre debía saber, reparar tractores, inseminar  vacas, sacrificar cerdos y ovejas sin mayor tiente de corazón, amansar caballos, fletar agua, muebles, ir al río por el camino menos peligroso, sacar la llave de cruz para cambiar la llanta de los traitores que nos “proporcionaban” los gobernadores y hasta agarrarse a machetazos como vil pelado.

En mi familia no había hombres, éramos puras "vacas flacas" decía mi apá, por nuestra anatomía simplona y delicada, los gastos que le causábamos desde señoritas con ropas y cosas intimas era un inversión de la cual no veía frutos, se empeñaba en que estábamos feas y flacas, y que de esa manera no conseguiríamos hombres para trabajar sus tierras. Sin embargo, a todas nos amaba, éramos las princesas de su reino a punto del quiebre,  pero a Martina, a Martina la trataba como su igual, como al varoncito que mi amá nunca le pudo dar. A nosotras, mi madre nos había enseñado los oficios de la casa, lo que las mujeres de la región sabían hacer: chales, palmilla para tejer canastas de diversos tamaños, muñequitas de trapo, y ollas de barro, cubiertos a piedra y más. Mientras Martina tejía hermosas cobijas y fajas de lana con formas geométricas, tallaba violines y arcos, tambores y cucharas. Mis padres sabían que probablemente yo sería la única que me casara. Mi hermana Ofelia, era ciega, todos sabíamos que así nunca la iba a querer ningún pelado. Aunque varias veces no faltaban los garañones que quisieran sacar ventaja. Sonia y Jacinta, las cuatas, era tan ligeras como las plumas. Mi amaita les decía: ningún pelao les va a hacer caso, si ya estaban réquete correteadas. Los pilares de aquel rancho éramos  Martina y yo. A veces, la vida rudimentaria, me hacía sentir su mujer, ella en el campo, yo  ayudando a los becerritos a nacer... Qué raro se siente Martina... ¿Qué raro  se siente qué Carmela?...Besarnos, qué raro se siente, como si doliera. 


II





La familia se iba semanas a cuidar de los cultivos en las otras tierras, por allá por Cebollas, esas eran las tierras de Martina.  Tierras que estaban en construcción, invadidas de asfalto y ruinas. Ofelia, era la única que se quedaba, pero era como un fantasma, ciega la pobrecita, solo se paseaba de un lado al otro, suspirando, como cargando un interminable pesar. En ocasiones, Martina la encerraba en los establos, a pesar de que juraba que no diría nada, Martina no creía en ella: Pinche Ofelia, eres ciega, pero no pendeja. Y a mí nadie me puede mangonear. Y la encerraba todas las tardes en los establos durante el verano, cual res. A mí me podía mucho, escucharla llorar durante horas me partía el corazón, pero no podía desobedecer a mi Martina, no a ella, que hacia todo por nosotras.

  Así era como pasábamos Martina y yo las semanas solas y silenciosas en el rancho, cuidando de todo. Pasaban los amaneceres y las puestas de sol, que parecían idénticas, pa´ mí siempre eran las mismas, para Martina no, decía que siempre había más nubes, a veces decía que Dios estaba herido; o cuando los atardeceres se prolongaban, que el sol no quería despedirse porque estaba enamorado del día, así como ella lo estaba de mí.  A Martina le gustaba que nos quedáramos solas, así podíamos dormir en la misma cama, tomar el baño juntas, y probarnos los vestidos que hacía mi amá para vender en los mercados: -Póntelos todos Carmela, pero los cortitos, porque quiero que se te vean los calzones cuando te agaches-….¡tas rete loca Martina! -. Le contestaba pudorosa.

Ella era peor que un pelado,  siempre se paseaba con los senos de fuera, con los  pezones prietos al aire, oscuros como sus largos cabellos. Ella no era tan prieta, pero el sol del rancho le había tostado la piel en un tono canela suave. Yo estaba oscura, completamente teweke. Era la más prieta de mis hermanas y ellas no desperdiciaban la ocasión pa´ dejarlo bien en claro...eres la más fea de todas, pinche Carmela, pareces teweke. Tienes los ojos chinos y la nariz de chango, eres la más fea de todas y no creo que alguien se quiere casar contigo...era lo que decía mi hermana Jacinta. Unas lágrimas recias bajaban por mis mejillas; tenía tanto temor de fallarle a mi padre por ser fea. No quería darle la razón cuando nos decía que: "éramos vacas flacas y feas, y por eso naiden nos iba a querer". Todo era que Martina se enterara de las cosas que me decía la Jacinta, para ponerla en su lugar: la hacía fregar pisos, ordeñar vacas, quitar nieve de la lamina si hacía frío, cortar leña y si no lo hacia la agarraba a  coscorrones, con la cuarta o las hojas de la milpa. -¡apá, dígale algo a esta hija de la chingada!-. Jacinta lloraba, nunca supe si de pura rabia o de la envida que le tenía a Martina. Pero mi apá respetaba el poder  que le había asignado a Martina, porque Martina hacia mucho por nosotras y estaba en su derecho, aunque era obvio que abusada de su poder, yo lo había leído en un libro. “el poder hace a los tiranos” pero nadie, absolutamente nadie decía nada. Muchos menos yo, a sabiendas que lo hacía por mí.

-Pásame el machete Carmela...

-¿y pa qué, a quién vas a matar?

-...a Jacinta, me tiene loca, no soporto que te diga cosas, que te haga sentir menos, la voy a matar, y se la voy a dar a los marranos

-.¡tas loca Martina, dame eso, dame acá eso!

- No me crees capaz Carmela...

-No sí, te creo capaz de destripar a Jacinta, dame ese machete, ¡dámelo!...

-No, mi tewekita, de matar por ti, ¿crees que no mataría a quién te hiciera daño? ¿Crees que no lo haría?

Pero eran las mañanas tan nuestras, que no pasa día en el que no la sienta respirando sobre mi nuca desnuda. Era la aurora testigo de nuestros encuentros, a ella no podíamos mentirle, no podíamos encerrarla como a Jacinta.

Martina tenía la amabilidad de acarrear agua del pozo para mí.  Nada le gustaba más que bañarse conmigo, excepto los rayos tenues de un sol muy madrugador. Nos duchábamos  a las puertas de los pastizales, mientras los rayos del pionero del día cortaban los cristales del agua. Apenas si nuestros cuerpos adultos tenían espacio para relajarse, el rocé accidental de nuestras piernas;  cuando éramos más jóvenes era una aventura, pero ahora era íntimo, era un momento de paz. Cuando niñas, la bañera me parecía inmensa y sentía casi la intensidad de un mar sobre mi cuerpo. Nunca había visto el mar, pero en las telenovelas se veía inmenso, turbulento y azul, como un reflejo del cielo; como el agua de nuestra bañera. Nos mecíamos de un lado a otro para figurar las gigantes olas.

-Levántate Carmela, que te tengo que tallarte bien...

No Martina, ya estamos grandes, esas son niñerías, ándale, déjame bañarme sola. Aquella vez me miró fría y desconcertada, pensativa, con una mirada que tiempo después volvería a ver.  Traté de ignorarle mientras lavaba mi cabello. Ella se mantenía seria, con los ojos caféces perdidos sobre el agua que resbalaba de su cuerpo. Sentí pena,  imaginé lo triste que debía ser su vida, perderlo todo, tener más de veinte años y sin casar. Fue en ese momento me di cuenta, me di cuenta de   cuánto me importaba su felicidad...

-Ta bueno Martina, lávame la espalda, que no alcanzo, límpiame detrás de las orejas y lávame las puntas del cabello...

Martina  elevó una sonrisa, cogió el estropajo, y talló mis nalgas, mis muslos, recorriendo mi espalda, haciendo a un lado mi cabello; yo sabía ese ritual de memoria. Sus senos en mi espalda, su espalda en mis senos; sus fuertes manos en mis brazos...y un agua espesa resbalando de mi sexo, algo viscoso: me estoy meado Martina ¡Me meo, Martina, qué pena! Martina reía a carcajadas. Me humillaba  y de repente, la odié con la intensidad con la que antes sentía pena por su tristeza. Me tomó de  la cintura, pegando totalmente su anatomía robusta a la mía un poco más liviana. Me sujetó la mirada mientras sentía la sangre en las mejillas.

Estos no son meados, ¡Teweke! esto es tu pequeño mar-. Me susurro, mientras dejaba caer agua  sobre mi vientre No dejes de hacerlo Carmela, me susurró, juntando las dos manos bajo mi sexo mientras un agua viscosa resplandecía sus preciosos dedos. Bebía el agua, la bebía sedienta. No sabía que la lujuria también desataba la sed: ¿Qué haces Martina? dije casi sin aliento. Pero ella solo bebía, bebía mi cuerpo cual elixir, cual poción de milagros, cual sangre del salvador. Cuando al fin terminó su sed, se desparramó sobre la tina, dejando chapotear algo de agua mientras sacando un puro me dijo fijamente: Sabes a mar, pero apuesto a que en las telenovelas no dicen a qué sabe el mar.



III





Pasamos años de dicha, hasta el día de mi boda, semanas antes de ese día Martina desapareció. Se fue sin dar explicaciones mientas se corrían rumores de que la había asesinado a machetazos en el monte o que se había fugado con un gringo. No lo creí,  no creía nada, algo de mí sabía que Martina no podía estar muerta. Tampoco su fuga con el gringo podía ser cierta: "A Martina le gustan las viejas" reflexioné. Para mí los amaneceres continuaron siendo los mismos, llenos de recuerdos tristes.

Me casé con Gonzalo, hijo de un ganadero de la región. -Ese cabrón tiene más dinero que toda la línea-. Decía mi padrecito. Y así era, nuestra boda fue en el mejor salón del pueblo. Sirvieron champaña y bocadillos con salchichas como recepción. El platillo fuerte fue el borrego, recién degollado. Es una tradición comer borrego durante una gran celebración, como son las bodas. Ver la sangre derramada de ese animal me recordaba tanto los días al cuidado de Martina, ella tenía un ritual muy peculiar para asesinar borregos. Primero, lo acariciaba, trataba al animal como rey durante una semana: la mejor pastura, la más cristalina de las aguas; acariciarle el lomo, revisaba sus pesuñas que limpiaba con la delicadeza con la que tallaba mi cuerpo durante el baño. Podría jurar que la vi rezándole una oración y cantándole una canción de ronda infantil un día. A veces sentía cosas, cosas malas cuando la veía tan contenta con el estúpido animal. No me gustaba que sus manos tocaran con tanta delicadeza a un animal tan pendejo como el borrego. Tampoco me gustaba como lo asesinara. Había rabia en sus ojos, alguna vez pensé que había cierto placer en el sacrificio. Es inocente  pero no insensible. No tiene nada de malo si lo mantengo  feliz sus últimos días de vida. Si pudieras, tú también lo pedirías  Además, la carne es más blanda, se despega del hueso con rapidez. Hay que amarlo, que confíen ciegamente y después herir de muerte. Contestaba a mi conmoción.

En los meses posteriores a la boda no dejaba de pensar en ella. Sólo quería una señal de que estuviera viva y bien. Mi matrimonio era como estar casada con un ciprés. Gonzalo ni siquiera me tocaba, y cuando lo hacía era nomás para golpearme entre su borrachera. Mis padres, los suyos y medio pueblo estaban preocupados por el no nacido heredero de Don Gonzalo González. A mí poco me importaba, si Diosito no me había mandado un hijo, por algo debía de ser, yo quién era para cuestionar su voluntad. Pero todas las miradas se posaban sobre mí, sobre mi esfinge vientre maldito. Gonzalo terminó por irse a vivir al rancho que le había dado su padre para los dos, yo regresé al mío, aunque aun estábamos casados. Mi madre estaba feliz de tenerme de nuevo, mi padre refunfuñaba pero estaba agradecido por estar ahí junto a ellos. Con las influencias de Gonzalo, el gobierno no le quitó sus tierras a mi apaito, pero la línea era quien nos tenía más jodidos. Yo aun continuaba ayudándoles, siempre pensando en mi Martina. Pasado de un año, mandó una carta que decía sus razones y sus quejas haciendo alarde a su partida:

Querida Carmela, ambas sabemos que no iba a poder con esto. Sabes que los sentimientos no son algo con lo que pueda cargar. La vida me ha puesto muchas trabas. Y parece que no se cansa de hacerlo... Perfectamente sabes que es más lo que he sufrido que lo que he gozado, y el gozo ha sido gracias a ti. Yo no puedo pedirte nada Carmela. Salvo que no me olvides, y que pienses en mi toda tu vida. Te deseo dicha en tu matrimonio. No dejes que te peguen, ni que te insulten, ni que te toquen si no quieres. Pero si pasa, piensa en mí. Yo pienso en ti cuando me acuesto con hombres. Me funciona, y no es tan malo… Me gustaría que las cosas fueran diferentes, pa´ poderte llevar conmigo. Pero seamos realistas, dos mujeres, en un mundo como el nuestro, no  pasa ni en las telenovelas. Te amo Carmela, siempre te voy a amar. Tal vez yo también me case, pero no te preocupes, tampoco te voy a olvidar. Con mucho amor, Martina

PD: Memoriza la carta, luego quémala. 

La memoricé con cada puntuación con cada signo y como si ella la estuviera leyendo en voz alta,   más no me atrevía a quemarla. La guardé entre mi ropa, y vi la procedencia de la carta. Sonora, Heroica Guaymas Sonora. Calle Montecarlo #***, su carta era lo que llamamos “un plan con maña”. De inmediato busqué un mapa de la república. En la escuela nos habían enseñado todos los estados que colindaban con el nuestro. Sonora era uno de ellos; y yo aunque teweke me gustaba tomarle interés a las cosas “Ta re lejosSe debe cruzar casi toda la Sierra para llegar allá, pasar por Madera, por...” La loca idea de ir a buscar a Martina me azotó durante dos meses.  No tenía ni dinero, Gonzalo decía que a las mujeres no se les debía de dar dinero, porque eran pendejas y lo gastaban en cosas más pendejas que ellas. Como pude, de los cambios, las ventas de unos lechoncitos del rancho y de lo que me daba mi madrecita santa complete unos centavos:

-No es suficiente amá...

-pos, ¿pa´ qué quieres tanto dinero Carmela? ¿tenes otro cabrón veá?-...

-No ma, como cree, tengo que ir por Martina, no está muerta, lo que pasa es que esta en la cárcel  allá por Sonora-Mentí- Tengo que ir a sacarla...

Debí pensar en eso desde el inicio. Mi padrecito de inmediato consiguió un dinero, hizo que Gonzalo le diera otro tanto, aunque como él dijo “se amarró un huevo”. Y me trepó en el tren rumbo a San Juanito como primera estación. Recorrí parte de la Sierra en raite de granjeros y amigos de mi apá, llegué hasta Las Varas, que me conectaban directo a Sonora.  Y por primera vez, con la mente fría, me di cuenta que no tenía idea de en dónde estaba, ni a dónde iba. Martina, ¿ahora qué Martina? Algo en mí, sabía que solo una enamorada haría algo así. En las telenovelas el galán busca a la muchacha por cielo, mar y tierra. Están enamorados, eso hace la gente que se ama...

Cuando llegué a Guaymas. Después de días de Moteles y angustias, lo miré. Era hermoso, tenía el color de los ojos de los güeros de Cuauhtémoc. Parecía que el cielo se reflejaba. No puede evitar quitarme el chal, las calurosas ropas y dejarlas en aquella tierra suelto, tan perturbada y espesa como yo. Reconocí la inmensidad de mi bañera, y vi una intensidad marítima que me robó el aliento. Corrí directo a las olas, como una chiquilla. Las olas eran como fuetazos que rompían en mis tobillos y hundían mis pies, daba risa, risa de ver la vida deslizándose entre los dedos. Tomé algo de agua con mis manos, y bebí un pequeño sorbo: "Este es mi sabor". Y lloré silenciada por el mar.



 

IV



 


Cuando llegué a la casa de Martina me entró una terrible incertidumbre. ¿Qué voy a decirle? ¿Por qué estoy acá, hombre? toqué varias veces, pero nadie contestaba. Con la puerta abierta me anteví a entrar a una pintoresca casa. Toda adornada con muebles caros, un pequeño jardín en medio, donde se extendía una majestuosa palmera-de la cual solo en libros había oído mentar- que daban sombra a su alrededor.  Nunca había visto una. Nunca había sentido la libertad de mirar y no bajar la mirada, todo era tan hermoso como para no mirar.Escuché el crujir de una de las tantas puertas de la casa, y era su voz: ¿Carmela? ¡No puedo creer que seas tú! ven, abrázame  abrázame antes de que venga... Martina puso sus brillosos labios sobre los míos, tenía lápiz labial y llevaba un hermoso vestido de flores con tacones, y el cabello recogido. Era una señora elegante, una señora de casa como con la que trabajé en Creel. Me besó en los labios con rapidez, intentando penetra mi boca con su lengua. Yo me alejaba porque sentía la presencia de alguien. Y de un golpe se alejó cuando un hombre esbelto y muy bien parecido inicio sus pasos hacia nosotras. Yo bajé  mi cabeza por un instinto de inferioridad frente a aquella figura tan perfecta. Él me miró con los ojos encendidos. No sabía si nos había visto y si esa mirada era de odio o repulsión.

-Ella es mi prima, Carmela. Se va a quedar con nosotros unos días Ulises…

 El apuesto Ulises torció una leve sonrisa y agregó:

-Sea bienvenida a nuestro humilde hogar, está usted en su casa. Cualquier cosa que guste y desea no dude en pedirlo...

Martina no quitaba los ojos de él, él no dejaba de mirarme y yo no hacía más que mirarla a ella y al suelo con alternancia

-La voy a instalas en mi habitación, necesito limpiar la de huéspedes. Dijo Martina. 

- El sillón me parece cómodo, querida-. Le contestó Ulises con cierta ironía. Mi insistencia fue inmediata: No, no, no, claro que no. Es su casa, yo dormiré en el sillón...

-No Carmela, esta es mi casa, y mi palabra se hace...-. Apelo Martina.

Volteé a ver  a Ulises esperando algún reclamo o reprobación como: "Está es mi casa y yo soy el hombre de este hogar". Pero no lo hizo, se quedó tranquilo, mirando con ojos tiernos a Carmela mientras sacaba un puro de su lustroso bolsillo. Agregando:

- Será lo que tú quieras, corazón-. Y se alejó a paso apresurado hacía la puerta que daba a la calle.

Esperé a que el hombre se alejara lo suficiente y abracé a mi amiga 

¿Cómo te ha ido Martina?-. Le pregunté mientras nos dirigíamos a nuestra alcoba.

-Me va bien, pero extraño mucho el rancho. Este huevón no sabe hace nada...-¿Ulises?-Le pregunté-.Sí, ese cabrón, apenas si sabe abotonarse la camisa....

- ¿Y cómo es que tienes ésta casa, debe tener mucho dinero?

-.Sí, tiene dinero, pero no porque trabaje, tiene una herencia millonaria. Empresas por todo el mundo...su padre, ya sabes-.

-Ahh, y... ¿Estás enamorada de él?-. No puede evitar preguntarle. Sin darme cuenta ya me sudaban las manos y se me aceleraba el corazón. Martina se acercó a mí, me besó la frente y me dijo: No, tonta teweke. No lo amo ni tantito, nunca como a ti-.

-¿Y por qué estás con él?-. Volví a cuestionarla

-.Lo necesito tewekita,-Me dijo, alzando una leve sonrisa

-No vez que los hombres nomás se necesitan pa procrear y tener dinero. Él me da lo que le pido, yo también. Es un trato justo...-. Se quedó un largo rato mirando a la nada, después al buscar y encontrar su mirada sonreímos juntas de nuevo, como cuando éramos niñas, como cuando estábamos solas en el rancho. Sentí un leve golpe en el pecho. La tenía ahí, frente a mí, por fin. Pero ya no era la Martina del rancho, algo había en sus ojos que era diferente, era hielo, hielo, fuego, un elemento hasta ahora oculto en su mirada. Pasamos horas recordando nuestra vida juntas, hasta que salió de la habitación, cuando Ulises comezón a buscarla a gritos. Me asomé por la ventana y vi que  susurraban, él parecía molesto y ella indiferente. Terminó con una cara de resignación y una sonrisa satisfactoria por parte de ella. De nuevo le había ganado el patriarca con enaguas, como solía decirle mi padre a Martina.

Al anochecer, cenamos juntas, como antes. Ulises no cenaba, salía con sus amigos a beber y jugar. Las noches en el malecón eran divertidas, según me platicaba Martina; pero a ella no le gustaba el asunto.

- Prefiero quedarme contigo, ¿quieres darte un baño?-.  Me quedé sin aliento. Atragantándome con un pedazo de bolillo. No podía creer lo que pasaba. Me hizo divagar en aquellas mañanas frente a la aurora, entremezclando sentimientos entre "sí" y al mismo tiempo "no". Martina parecía diferente, pero eso me demostraba que seguía siendo mi Martina, no la señora de Ulises, era mi Martina. Seguía siendo la loca Martina de siempre:

-...No me has preguntado nada de mi matrimonio. Le repelé-.

-No hay nada que quiera saber, Carmela...-. Me contestó sería, con la indiferencia puesta sobre su café.

-¿Por qué Martina, por qué te fuiste? No contestó, se limitó a mirarme con un parpadeo, había ansiedad en sus manos, pero no palabras en su boca.

- Ya te dije que no me interesa tu matrimonio Carmela, si viniste a hablarme de él, puedes irte. Hiciste un viaje muy largo en vano. Se paró de golpe en la última frase, apoyando las manos sobre la mesa, temblando, con crecientes lagrimas en los ojos.

- No he preguntado ya por mi matrimonio, quiero saber por qué me dejaste. A mí Martina, me dejaste a mí... Elevé la voz porque estaba vez quería ser escuchada

 - …Martina ¡no tenía opción.!..-.

-¡Tampoco yo Carmela!-.Gritó, mientras golpeaba la mesa una  y otra, y otra vez con cada palabra-.

-Crees que me vine porque te odiaba, crees que fue fácil dejar todo. Entregarme a alguien a quien no amo, tener que soportar su olor, su cuerpo, sus gustos y complacerle. ¿Por qué le das vueltas a las cosas Carmela? Tú y yo estamos poseídas por el mismo demonio. Entre nosotras habita un demonio  que nos hace desearnos. Entre nosotras pasa algo que no debería, y por eso estamos condenadas, nunca vas a ser mía, ni yo tuya. Y si estamos juntas serán problemas. Jamás vamos a ver a nuestros hijos persiguiendo gallinas en el rancho...porque yo nunca, Carmela...yo nunca....-.

 Se desmoronó, su llanto amargo inundó la seriedad de la rústica morada. Mi propia desgracia yacía en esas lágrimas.  Mi amada Martina. Su dolor me hacía desearla y desvanecerme a la vez. Verla ahí, humillada, perdedora ante la vida, le daba un toque de inocencia perverso. Entonces lo pensé, en verdad es un demonio esto que nos invade. Este peligroso juego de los amantes, este idilio es obra del mismo demonio. Pero no me importaba, en realidad, yo iba en busca de esa posesión. Dejé, mentí, engañé por ella. Esto era una pecado desde el comienzo. Desde la infancia.

La tomé entre mis brazos, su cuerpo se estremecía con cada suspiro. Subí su vestido, unas panties rosas de algodón fino se asomaron. El jadeo penetrable que su hermosa boca emitía no era más que un respiro del alma. Le tomé los pechos, los froté torpemente porque eran prominentes, no sabía lo que hacía. Nunca había tenido el mando de las cosas. Martina se reía de mi torpeza, se reía entre lágrimas porque sabía lo que intentaba. Sabía que la intención era una posesión completa, la más perversa hasta ahora…Dejé, mentí, engañé, tomé, apreté, lamí, besé, mordí. Estábamos condenadas. Mientras el demonio preparaba la cena.



 

V


 


Los meses que pasé junto a Martina fueron inigualables. Nuestra relación dio un cambio extravagante y prohibido. Ahora me sentía, como solo en las telenovelas, enamorada. Jugueteábamos desnudas en la casa, de un lado a otro como ninfas entre el jardín al que cubría la palmera. Por fin dejamos de ir a la iglesia, para dejar que el demonio hiciera de las suyas. Además, el domingo era el día en el que Ulises salía  y no regresaba hasta pasadas las tres de la mañana.  "No hay tiempo que perder Carmela; primero,  nada como un buen baño, después iremos a hacer las compras, pasaremos a pagar la cuentas,  tal vez ver el mar, tomar el té y finalizamos en una noche de risas y buen licor, ¿qué dices Carmela?" Para mí era música, su voz apasionada junto a mi oreja junto con el brillo de su mirada eran mejor que un plan rutinario. Saliamos al malecón y todo era otro mundo. A nadie le importaba que Martina me tomara de la mano, que me besara tiernamente en la boca. Eso era demasiado para mí: -preferiría que no lo hicieras Martina, no debemos buscar problemas-.Me miraba tranquila y aceptaba.

Jamás me negué a cumplir los placeres de Martina, pero mi candidez, mi introvertido carácter me prohibía ciertas muestras de gratitud. Era difícil para mí, amarla con esa intensidad con la que ella aunque ésta me quemara por dentro. Martina había nacido con el don de la superioridad, del mando, yo lo respetaba aunque ella no lo pidiera. Pasaba que al ir por la calle, la gente intuía  que yo era su sirvienta y ella mi señora. Lo cierto es que la gente no estaba muy lejos en sus hipótesis. De alguna forma, Martina me dominaba, a veces no era más que su sierva, su pequeña pelele y fiel cenicienta que ocultaba entre las paredes de esa rústica casa que me convertía en la amante, el juguete que ella más amaba. A mí todo eso me bastaba, todo por su amor. Tal vez no era su culpa, tal vez era su carácter, ella me amaba así, tímida. Yo la amaba así, superior y tirana.

Ulises por su parte, siempre se comportó como un perfecto infeliz. Nunca estaba en casa, apenas si le daba dinero a Martina para sostener, a lo que a él gustaba llamar "su hogar". A veces se paseaba por los corredores de la casa, posándose por mi ventana, para verme mientras me cambiaba. Martina le amenazó de muerte al descubrirlo, pues aparte de infeliz y soberbio, era un mujeriego.  El poco dinero que salía de él, era cuando llegaba muy ebrio y Martina y yo le sacábamos los billetes de los finos trajes. A veces encontrábamos recibos y número telefónicos que decían: Anabel, llámame. Insaciable Ulises... escritos con lápiz labial.  Resultó que “el insaciable Ulises” era el Don Juan de la costa, de eso ninguna de las dos teníamos dudas. Fue entonces que me acaparó el poco interés que tenia Martina por él. Pensaba en lo terrible que me sentiría yo de haberle encontrado algo así a Gonzalo. En realidad me abrí molestado con él aunque no lo amara. La traición es el sentimiento más ciego y doloroso.  Pero a Martina, cualquier tema relacionado con Ulises le era indiferente, y algunas veces le daba rabia, no sus canalladas, sino por su simple presencia. Tenía que pasar todo lo que pasó para que lo comprendiera. Entre ellos eran pocas las veces que los escuchaba cumplir el hábito como marido y mujer, nunca sentí celos de que mi amada estuviera en los brazos de un hombre,  tal vez porque los gemidos pasionales de Martina nunca se escuchaban. Recordaba la carta que me había mandado hace poco menos de un año "Debe estar pensando en mí" me consolaba. Mientras los gritos y gemidos de Ulises, hacían eco por toda la casa, hasta el corredor, hasta dar al patio cuando Martina era apenas un suspiro...-Como te dije Carmela, ese hombre apenas si sabe abrocharse las camisas…-.

Una tarde lluviosa Martina recibió la llamada urgente del padre de Ulises. El hombre aseguró que su hijo se encontraba en una cantina de mala muerte. A petición del  viejo Martina salió en busca de Ulises con un claro seño de frustración. El padre de Ulises no era lo que yo describiría como un buen hombre, las veces que se acercó a mí, siempre fue con cierto desprecio y cierta seducción. Pensaba que era la sirvienta, y creí tener acceso a mí sin importarle a nadie.  Pero Martina se lo dejaba bien en claro: Ella es mi prima, no mi sirvienta, mucho menos una cualquiera y se me toma distancia de ella, o me va a conocer. ¡Le juro que así será! Él viejo se reía de Martina, le parecía muy altanera y demasiado hermosa como para ser mujer de rancho, de alguna manera, la causaba gracia que lo amenazara de muerte una y otra vez, como si tuviera oportunidad. Él no la conocía, no tenía idea de la clase de mujer que era Martina ni de los pelados que dejó moribundos en la Sierra. Con el tiempo formulé mi teoría, imaginando que había mandado a Martina a buscar a Ulises para matar dos pájaros de un tiro. Él sabía la clase de cabrón que tenía por hijo.  Y sabía los problemones en los que se metía, conocía lo temperamental que era Martina. Anteriormente, me había platicado que el padre de Ulises no la quería y había intentado muchas cosas para que ella se alejara de él. Vi en sus mentirosos y hermosos ojos azules que quería perjudicar a Martina de manera mortal 

-Estás loca Martina, es rete peligroso, déjame ir contigo...

-No, no Carmela, cuídame bien la casa. No voy a arriesgarte. Se vistió. Para la sorpresa de todos se puso los pantalones con tirantes de Ulises, se recogió la lacia cabellera con el sombrero y salió disfrazada, parecía un hermoso y varonil joven. Se veía hermosa, como cuando arriaba vacas y cargaba heno en el rancho.

El padre de Ulises se marchó junto con ella. Él tiempo pasaba, y no sabía si llamarle a la policía o ir trasladando a una ambulancia. Hasta que por  fin escuché sus gritos en la puerta: "¡Carmela, Carmela! Ábreme!"  Salí deprisa del comedor para encontrarme con una Martina con un ojo morado, el labio reventado y con un Ulises casi muerto. Intenté auxiliarles, había aprendido algo de sutura en el rancho gracias a las clases de tejido convidado con la lobotomía de la ganadería. Ulises estaba fatal, le salía sangre a chorros por un costado del cuerpo, tenía una prominente puñalada, junto a una pierna rota y su rostro era irreconocible por los hematomas y la sangre.

-¡Lo mejor es llevarlo a un hospital, yo no sé qué hacer!-. Le dije a Martina, con la voz ahogada.

 Ella se puso algo de hielo en las heridas, y escupía, mientras yo enhebraba una aguja, para que se cociera el labio inferior

-¡Martina, Ulises se va a morir, debemos ir al hospital!-. Grité con desesperación; presioné las costillas del hombre con mis manos bañadas en su sangre; su mirada moribunda bajo esos hematomas, me recordaba al borrego.  La sangre manchaba toda la alfombra de la estancia, mientras el bello Ulises temblaba e intentaba no cerrar los hinchados ojos, era cruel verlo luchar por su vida. Mis manos comenzaron a temblar a su ritmo, nunca había visto tanta sangre derramada de un solo cuerpo. -Ve a la cocina Carmela, haz un café. Quiero tomar café-. Miré incrédula la forma de sacar un cigarrillo del traje elegante de Ulises y fumarlo. Tranquila, como si Ulises fuera un animal agonizante, como cuando sacrificábamos a aquellos pobres e indefensos borregos… y con eso lo comprendí:

-¡¿por qué quieres dejarlo morir, cuál es tu plan esta vez!? Yo hiperventilaba; mis manos estaban temblorosas  y mis labios secos. Martina dio otra despreocupada bocanada de humor, puso la misma mirada de melancolía que hacia años no veía,  y al fin dijo:

-Este cabrón no era mi esposo Carmela. Me encontró en la carretera rumbo a Madera. Yo en realidad iba para Nuevo México, pero me pedí, prometió ser bueno y cuidarme, y sí tenía suerte hacerme su mujer. ¡Y no cumplió nada!, ni fue bueno, ni me cuidó y nunca nos casamos. ¡Y no es que quisiera que cumpliera!, pero me lo quitó todo...- Afuera se escuchaban los truenos de una tormenta próxima  y aun así, los sollozos de Martina eran más fuertes que cualquier huracán  Sacó una foto de un ultrasonido. La miré, y apenas si se formaba un feto... -Te embarazaste de él...-. Le dije incrédula, casi en suspiro.

-…Yo solo quería al pequeño Carmela, yo quería un hijo para las dos, si me casaba con él, tendría su herencia. Desde el día que lo conocí, solo he pensado en cómo matarlo. Le di los mejores meses de su vida, lo cuidé, lo bañé lo aguante y míralo, ahora se está muriendo, como debe ser...-.

-Qué pasó con el bebé-. Le pregunté-.

-Murió, se resbaló de mi vientre, después de una de las palizas de este infeliz…y murió. Yo también morí con él-.

Sus ojos se oscurecieron profundamente con la última frase. Mi pobre Martina lloró amargamente toda la noche. La lluvia, parecía cómplice tratando de acallar la amarga agonía del su llanto. La enorme palmera hacia correr el agua hacia donde estaba Ulises; también cómplice, limpiando toda la sangre del cuerpo ya sin vida del apuesto caballero. El mar estaba tan agitado. Mientras la sangre llegaba hasta la costa, como una ofrenda para Poseidón.




VI





Muy temprano, a la mañana siguiente llegó el padre de Ulises con la policía.  El cuerpo de su hijo estaba en el patio, mojado por la lluvia como si fuera un perro.  El viejo lloró sobre el yacido y hermosos cuerpo de Ulises. No dejaba de culpar a Martina de su muerte, pero era una acusación revocable, ya que, había muchos testigos que afirmaron que Ulises ya había salido muerto de aquella pelea.

Martina y yo, hicimos las maletas. Y con el dinero de la caja fuerte de Ulises y sus trajes finos  que vendimos, pudimos regresar al rancho. Cuando volvimos, nos enteramos de que mi apasito había fallecido de un paro respiratorio. A Gonzalo lo asesinaron los de la línea. Mis hermanas, las cuatas, se había mudado a la cuidad a probar mejor suerte. Ofelia se casó con un citadino, tuvieron tres hijos y luego él la dejó por una mujer joven. A Ofelia no le importó, aquel hombre le dio algo bueno y perdurable que fueron sus hijos. Martina y yo, los cuidamos como si hubieran sido nuestros cuando mi pobre hermana Ofelia murió de cáncer. Decidimos trabajar un tiempo más el rancho, para recuperarnos, y enseñarles a nuestros hijos el amor por la tierra. Cuando mi madre falleció, las vendimos al gobierno y nos mudamos a otro lugar, más cerca de las ciudades, a empezar desde cero.

Viví  45 años a lado de Martina. Hasta que ella murió, sentada en la tina, jugando a que estábamos en el mar mientras yo tallaba su espalda.

Poemario: Apología cachapera

 

I

Tú no amas como yo

tú no escondes tus pechos en la cúspide de su cuerpo,

ni conocer el sabor del sudor frío que entremezcla nuestra esencia .

 Tú no hundes tus dedos en la vertiente húmeda que coexiste entre sus piernas ni la bebes como elixir de amor.



Tú no amas como yo…

tú no escondes tu cuerpo desnudo;

no sientes el pecado rosar tus pecados.

tú te desnudas, la tocas y es natural,

mientas yo me oculto

bajo la desnudes perturbada

de mi infancia y

los prejuicios de mi sociedad.



Tú no amas como yo

no mueres en cada despedida,

como las hoja  que deja caer el otoño,

desconociendo un posible renacer.



No te arrojas al seno

y ocultas la mano.



No sabes regalar miradas

con fraternidad evidente,

ese desliz de pasión tácita; cuando los cuerpos se tocan, las miradas asechan

Y no ocultas el sexo

tan simétrico, casi hermano del de ella.



Yo, que hago de la religión su cuerpo soy rechazada, maldecida, pagana.

Tu jardinero, con tu semilla eres un Dios, con solo decir palabras perfecto.





Tú no amas como yo, tú no lloras sobre

su vientre todas las mañanas,

dejando que el tiempo pudra esas paredes, sabiendo que nunca lo harás hogar.



Y eso no es lo que hiere, lo que hiere es el justificar:

La caricia suave, el beso descomunal.

Tú no amas como yo, porque ella

jamás podría amarte como a mí.



II



 

Amiga, no me dejes,

no ves que la tierra está mojada y los astros empiezan a caer

como rayos por la ventana.

Dejando escapar un olor...

¿No hueles el rocío de las flores bellas que ayer nacían en nuestro jardín?



Amiga no me dejes, no olvides la promesa que hicimos

entre aquellos sauces que lloraban, mientras lastimábamos,

su corteza con un tú y yo. Haciendo del amor entre los prados,

 ante sus ojos llenos de amor; amiga...



Amiga no me dejes, ¿qué ganas con quitarle los pistilos a los Jazmines?

Amiga, no me dejes,

entiende que el error es tan bueno como el acierto,

entiende que a nuestra edad el amor ya ha dejado de ser un juego,

detente, mira mis carnes y mis pechos;

hay que saber cuando ya no se puede empezar desde cero.



Amiga no me dejes; por lo menos mantente firme, constante,

vete con la cabeza en la cúspide, sin acariciar nuestra cama... lejos,

donde pueda verte; por lo menos llévate esa infancia que compartimos.

Cuando éramos niñas y corrías entre las olas, tu aliado era el mar, hacían brillar tu alma, tu preciosa alma que también era la mía.



Amiga, no te vayas, mira que ahora es tarde,

mañana la despedida destilará otro sabor.

Mira que no puedo empezar de nuevo;

mi juventud es tan tuya desde aquel día, qué sin importar las miradas yo te abrazaba frente a una asesina multitud.

Mira qué negros son los campos de algodón

y que tristes se ven las aguas sin tu presencia.



Amiga, por favor, no me dejes...

no dejes que el camino robe tu curso,

no dejes que el destino marque tu ruta,

esa ruta que empezaste conmigo y qué ahora, planeas terminar sin mí.



Amiga, no me dejes,

llévame contigo que importa que no me ames,

qué importa que tenga frío...que importa tu indiferencia.

Preferible ser fantasma de tu futuro a no ser ni historia de tu pasado.



Amiga, vuelve, olvidaste meter mi esencia en tu maleta, olvidaste decir, "vuelvo pronto"...no me dejes...

 

 

III



 

Nunca imaginé verte así

Mis oculares en reposo,  aun con sueño a ojo abierto.

Pegando tus labios a los míos

Cual taza de té caliente, a labio encendido; me alejo.



Esas terribles ansias de que se nos enfríen los deseos

Y que al mismo tiempo se calienten los cuerpos. Ironía vil.

Cruel fantasía.

Despierto.



Vamos a morirnos, en tus caderas

Este mundo termina, cuando tu voz.

 Las guerras se hacen, por tus cabellos.



Cual analfabeta no comprendes mis letras

No escribanas dices, sino erudita  y pagana dices.



Entiérrame en lo más profundo de tus ojos

Bruja posmoderna en pantaloncillos, provocadora

Acércate, bésame como besan los ángeles

Un poco más arriba de la boca.



IV



 

Entierro los pies, sobre las raíces de     

una razón sin frutos:

La irracionalidad es mi pastor, nada me falta”


Mejor  acallo al 
 alma y me aprieto bien la devoción

Sorbiendo de a poco mis delirios

Amargos, cargados de culpa,

Frustración-es  decirte que  todos está bien.



Que no estás sola,

que estoy con ella,

que estoy contigo, conmigo

que está con ella misma, que en realidad ya no eres tú.



Mientras tú lloras, mi corazón se enrosca,  mortaja

Doy  media vuelta, me alejo un lustro.

me  tatúas con lagrimas la libertad en la frente;

no es justo, ahora no me quiero ir.



Quiero cortar el milenario reptil que la cubre

que no deja escapar su brío

ese mismo animal que me cubre a mí,

que algunas vez nos cubrió a las dos.

Ese animal milenario que con la concha precisa un futuro infeliz

Ais-la-mien-to.

 Le temo al futuro de las fuentes grises

de los cielos pardos

de las noches frías.



Su nombre se resbala entre mis dientes,

cuando me toma, cuando me azota

me da miedo,

su presencia fulmina la escena de los dos amantes

que siendo dos, sueñan con la visita de un tercero.



Corro entre sueños y me despierta una realidad abrupta 

no son tus rodillas  las que rozan mis piernas

tampoco siento tus manos rozar mis pechos

desconozco la sensación y no despierto.



Me aferro al deseo, a la fantasía, mientras te veo ser azotada

por la realidad.  Y no me preocupa ella, no me preocupas tú.

más me preocupa que la vida pase y se acabe todo.

 Y que mis pies se hundan en esta  espesa tumba de lodo



 

V



 

El pajarillo de mi ventana

Truena en su trino

Su sombra pega en los suelos



Vuela despreocupante, vuela veloz

Libertad, bendito tesoro.

Preciada agonía cuando se idealiza.



El ave es al humano

Cuando se trata de aprisionar

El humano es al ave

Cuando  se trata de libertad.



De encontrar la firmeza

Para volver al cielo

Sin remedio alguno, tirarte al vacio.



Elevando las alas

Ícaro fue testigo.

de libertad  a espuma

¿Qué hay más hermoso que ser parte del mar?



Los rayos apolíneos  ciegan la vista

El pájaro cae,  no sé levanta

Mundo salvaje, el perro manduca

los cielos lloran.



El Pájaro ha caído

Aquel pájaro cautivo.

De  libertad ilusoria.



 

VI

 



Mujer, así te hace llama la naturaleza

El porte y la rebeldía adquirida por contrarrestar esa bizarra fisionomía;

dicen que no hay malas lenguas

hasta que les toca saborear la tuya.





Antes me disculpo pueblo

De utilizar tan bella obra en el ejemplo:

como el verso Gongorino

erase un elefante boca arriba”

y tú eres el elefante.



Majestuosa artesanía de artista ciego

Voluptuosidad disforme

De pechos mansos, más por gravedad y peso

que por  gallardía.

                Pechos  que gorgotean con cada ventisca

Con  brío casi milagroso

De Lechoncito desdeñado y mal herido se escuchan tus continuas quejas

Opulenta abada reposando  en el barro.



Es Héroe respetable, pero  forajido, quien pose en ella sus labios

En el morro de tal dragón.

Es cautivo hasta el caballero más bravo.



Mujer perversa,

El diablo tiene su morada

Entre sus piernas.



 

 

TRES POEMAS SUELTOS

 

 

Ciclos, aperturas



No se trata de ciclos

se trata de aperturas

se trata de imaginario, de vislumbrarte desnudas, 

con las nalgas pegadas al lino viejo del sillón

jamás se vio tanta piel junta

tanto sudor sobre la alfombra

con gotitas, pequeñas gotitas de sal.


De esas que te caen en la boca

y no se te hace agua porque eso son.

Agua que nos  has de beber, dicen, déjala,

déjala coger, con él con ella con otro.

Esa agua ya no es tuya


No te vayas, aun tenemos que quitar limpiar las ventanas

sí, ya sé que está lloviendo; 

tenemos que esperar a que las tormentas pasen

a que pase el frío ese, del que hablan los poetas

Ese frío que no necesita abrigo

ni necesita ser frío para helar


Ya estás flotando en otras aguas, ¿quién soy yo ahora
?

¿Caducifolio espía, masoquista humedecido?...

no son lagrimas, no, no lo son te lo juro

Es la libertad que se me escapa por los ojos,

es la gallardía atorada en el pecho

es está felicidades de que te vayas y vuelvas, lo sé, vas a volver.



No se trata de ciclos

se trata de apertura

de que se quede tu húmeda esencia

y te vayas con él con ella con otro

mientras te espero,

y me hago una bebida con las gotitas sobre el lino.





 

 

El Sísifo



 

«Rueda, que rueda, que rueda que cae

vas de nuevo, adelante y atrás.»



Tomas un café, tal vez dos, te deslizas la corbata hasta

La manzana de Adán. ¿Quién fue ese cabrón?

Fue el inventor de la Mac, lees en la selección de chistes

de una novela de economía tercermundistas.



Deslizas la corbata en un intento de suicidio

"ojalá tuviera los huevos de apretar más fuerte" te dices.

y van pasando las horas, el monitor es  más amable

que la mujer de cabellos cortos, de falda

corta y escote largo de enseguida.



Los documentos te embozan un sonrisa, y

miras qué mejillas tan más bellas les dibuja el punto y coma.

mientras tienes un inteligente y amena charla de capitalismo con un lápiz

del número dos; en la cual se entromete la impresora para decir puras mamadas.



 

La mujer se te acerca,  la mujer de cabellos cortos, de falda

corta y escote largo que estaba enseguida.

No puedes evitarlo, le miras las tetas. Es que es un escote

demasiado largo. Luego la olvidas

porque Ramírez volvió a llegar tarde y el cabrón del patrón

está por correrlo. Piensas: Pobre Ramírez tan buen hombre que es,

como todos los días que lo ves llegar tarde.



Llegas a  tu casa. Y no hay ni leche en tu despensa

miras a tu perro, siempre tirado en el mismos pinche

cojín con holanes, que te regalo tu abuela.

"Esa es vida" piensas por un rato. Mientras ves un documental de maltrato

animal y descubres que debe estar bien cabrón eso de ser perro.



Vas a la cama, es la misma. No la tiendes y dices que

tal vez por fin lo puedas hacer mañana. Sabes que no lo harás.

Sueñas con la  mujer de cabellos cortos, de falda

corta y escote largo a la cual le miraste las tetas porque

su escote era demasiado largo.



Despiertas con la misma erección. Te enojas

porque la tiene chueca y te miras en el espejo

con el deseo de que se te enderece, como lo haces todas las mañanas.



Comienzas a llorar. Te masturbas, lloras, lloras te masturbas.

Comienzas a extrañarlos a todos. A tu ex, a la amiga de tu ex

que te tiraste, y por eso es tu ex; a todas a las que les has visto las tetas por culpa del escote.

Lloras, lloras en soledad durante horas.

Hasta que recobras la voluntad.

 

Te pones la corbata, esta vez estás seguro de que si vas a apartar demás.

Pero se te olvida, porque te ha caído algo de café en la camisa blanca y hoy

hay junta. Palmeas al perro como todas las mañanas. Te pones tu gafete

"Sisifo Abelino, encargado de calidad" y sales con pasos

apresurados por el elevador, porque como siempre, vas tarde.



«Rueda, que rueda, que rueda que cae

vas de nuevo, adelante y atrás.»







Mujeres del desierto

 



Somos las mujeres de los ojos grandes

y la figura mística...

tú no nos reconocerías, no es tú culpa

pero debajo de tanto pudor

nuestros cándidos pechos son adobe;

manantial  de miles de generaciones;

en nuestras manos no hay líneas

todas son cicatrices, y nuestros cuerpos,

nuestros vientres son campos fértiles.



Somos como la naturaleza, en épocas de modernidad:

se sirven de nosotros, pero nunca vemos recompensa

Somos de un blanco lunar, por el estatus de belleza

porque la luna es mujer

no podemos ser tocadas por el Sol, porque

el castigo quema más que los rayos del astro.



En los pies, yace el pan de cada día

aunque no hablamos, ni miramos, ni pedimos

ni podemos ser, estamos más vivas que los colores

de nuestras telas.

Son nuestras lágrimas las que bañan los cuerpos

mutilados de nuestros hombres.

Esa es nuestra labor ¿Quién nos dice sumisas?

Si nosotras fuimos quienes seducimos primero al varón

pero admirado de la ternura de nuestro sexo, del poder

ciego de tener suaves piernas entre las piernas

se convirtió en una bestia, en un bestia capaz de hacer

daño por satisfacerse.



 

Somos un espejismo en este desierto

nuestras madres lo sabían, y cuando nacimos

no dejaron de llorar toda la vida. A todas nos toca

desde pequeñas; somos carne, somos cuerpo de otro;

desde pequeñas nos cortan las alas y nuestra jaula

es un velo.



La sangre marca el destino. Nuestro destino de

ser mujeres. A nuestros ocho años, ya somos esposas;

a los doce, perdemos lo poco que nos queda de intimidad

nuestros cuerpos son martillados por una hombre mayor

aquí la belleza no importa, lo que importa es tu belleza y

la riqueza del varón.



Cuando envejeces eres una sabia. Aunque eso represente

el dolor de tu alma. Significa que está acostumbrada

a sufrir en silencio y aceptar. Esa es tu sabiduría, la prudencia

el recatamiento y la soledad.



 

Vez nacer a tus nietas, y vuelves a llorar,

No piensas en un mejor futuro

porque tu Dios es más fuerte que tu albedrío

tú condición es más real, que el sufrimiento

de tus ojos, mujer de arena.