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  • Web premiada con el Premio Internacional OX

María del Carmen Olivas Ortega. Col. Anáhuac Chih. 1964

Narradora.

 



Formación académica:

  • Normal Rural Ricardo Flores Magón, Saucillo , Chih. Egresada como Profesora de Educación Primaria 1979-1983

  • Universidad Pedagógica Nacional Chihuahua, Chih. Egresada como Licenciada en Educación Básica 1989- 1994



Formación literaria:

  • Taller de escritura autobiográfica Demac. 2007

  • Taller de escritura independiente Con Letra De Mujer.2010

  • Taller de escritura bajo la asesoría del Ing. Raúl Manríquez Moreno. 2012

  • Taller de escritura literario “Daniel Sada” Ichicult Cuauhtémoc Ing. Raúl Manríquez Moreno. 2013



Muestra de obra:

Joaquín y Francisco

Guadalupe se muestra aún convencida y satisfecha con el atuendo típico de su pueblo, su tradicional conjunto de falda y blusa colorida, con grandes holanes y repetidas capas sobre sus piernas, tan largas que no permitan imaginar su desnudez.

Por el contrario, Rita ha permitido ya, enfundar sus piernas en un pantalón angosto que aún siendo una prenda de moda, no favorece en mucho a su figura, provoca un gran bulto sobre su cadera, pero mantiene aún el gusto por la ropa colorida y sus blusas no lo desmienten, su cabello ha sufrido algunos cambios intentando cortes que contempla en el ir y venir por las calles de ésta, la ciudad que la recibiera un día vestida toda en flores y portando con orgullo la coyera.

Ambas morenas y robustas, de cabello lacio y oscuro, como lo marcan inevitablemente sus genes, pero con caminos relativamente distintos, sus imágenes han ido cambiando tanto como también se ha modificado su conciencia.

 

Ésta no es una historia de amor, aunque sobre la espalda de Guadalupe, vaya dormido un pequeño moreno y regordete; la unión que un día tuvo con aquel hombre, no fue porque él la amara con locura, más bien, él hizo uso de toda su astucia para ver en ella una mujer nueva, y digo nueva ,no como sinónimo de pureza, sino de la juventud, salud y energía que posee para el trabajo, a sus catorce años era ya considerada una adulta siendo una mujer imberbe.

 

Un día Rita y Guadalupe subieron a un camión carguero que viajó por largas horas desde su pueblo hasta ésta, la tierra prometida.

Entre montañas y mesetas, grandes pinos y encinos, los recuerdos se fueron quedando entre las ramas , entre ellos la imagen de Anselmo el hombre de Guadalupe , quien muriera meses atrás por manos de un amigo después de la tercer olla de tesgüino; ella dejó de pensar en aquello y entre las rejas del gran camión, contempló como avanzaba en el camino , metro a metro, pueblo a pueblo, hasta llegar a donde tanto deseaba, sintiendo en su vientre la nueva compañía que le dejara Anselmo; iba cargada de maternidad hacia nuevos horizontes, tratando de borrar de sus recuerdos los niños y ancianos muertos que fueron dejando el hambre y la enfermedad en su pueblo.

Iban rumbo a la ciudad que imaginaban atractiva, donde a su vez eran esperadas por sus fuertes manos y su recia espalda.

Así como ellas, muchos bajaron de trenes y grandes camiones de carga, donde se amontonaba tanta gente que era imposible que de ellas, en un mal manejo del volante, alguien cayera, pero ello no importa, ahí no opera lo del llamado espacio vital; pechos, vientres, manos, brazos y espaldas, todos en contacto, sin que a nadie le moleste y de lo contrario: la muina se vive en el silencio.

 

..

 

Pasado algún tiempo, muy de mañana, Guadalupe espera la camioneta que la traslada como es costumbre desde hace dos años hasta la gran huerta: su segunda casa.

Joaquín en la espalda de su madre, siente el palpitar de su corazón y le agrada, la ventilación de sus pulmones lo hace sentir seguro y sonreír, tanta actividad interna lo arrulla y duerme sin mayores sobresaltos, está acostumbrado al ir y venir de su madre, a esos sitios donde pasa largas horas bajo un árbol, le ha tocado también jugar en grandes cajas donde se acumula la manzana que no está en excelente estado, las rueda y las muerde, es una fuente inagotable de diversión y de alimento, hasta que el sueño lo vence, tal vez reconozca el lugar de arribo a esta tierra y le guste, es en esa huerta donde vino al mundo una cálida tarde de septiembre.

 

Aquel día, las manzanas extrañamente estaban más altas que de costumbre, así le parecieron a ella, la piel del vientre de su madre estaba duro, muy duro y eso la incomodaba; persistentes dolores la sacudían constantemente desde la madrugada, no obstante, se había lavado el rostro y las manos muy temprano, su cabello sujeto con un paño verde era mucho más cómodo, sin más alimento que un café se dirigió a sus labores diarias.

Ya por la tarde un dolor más intenso de los que había tenido durante el día la hizo bajar de la escalera de trabajo.

Eran las cinco, fin de la jornada, pero a ella se le dificultaba cada vez más caminar hacia al camión de carga, ese tan alto que con semejante abdomen se estaba volviendo casi imposible subirlo.

Los dolores se hicieron continuos e insoportables, recargó su cuerpo en uno de los árboles y contemplo tristemente la distancia que la separaba de la salida de la huerta.

Estaba consciente que su hijo iba a nacer esa tarde ¿o sería una hija?, no pensó nunca en esa posibilidad, un niño fue lo que creyó tener dentro de su cuerpo desde un principio.

Pensó en el dormitorio al que si dirigían y no recordó ningún lugar apropiado para el parto, caminó lentamente hacia la orilla de la arboleda, allá donde el vigilante no se preocuparía en acercarse, había un árbol grande con una rama fuerte en su parte baja.

 

Unos años atrás, ella había presenciado uno de los partos de su madre, no precisamente con intenciones de instruirla en el duro proceso del alumbramiento, lo había hecho oculta detrás de unas rocas a distancia prudente; estaba naciendo su hermano el más pequeño, vio la preparación seguida por su madre y no parecía tener mayor dificultad que encontrar el lugar apropiado.

 

A falta de hojas como colchón que amortiguara la caída del niño, soltó de su cuerpo una de sus enormes faldas y la colocó bajo la rama.

Ahora sólo restaba pujar y pujar para que de su cuerpo brotara una nueva vida, pujaba tan fuerte mordiendo el paño de su cabeza para ensordecer sus gritos, estaban sus piernas abiertas sujetándose fuertemente de la rama, sus rodillas ligeramente dobladas a fin de disminuir la distancia con el piso.

Estuvo en esa posición no por mucho tiempo, era tanto su deseo de terminar con tan doloroso trance que pujó tanto y tan fuerte que el niño asomó la cabeza a este mundo en no más de media hora, cuando Guadalupe sintió el descender de su hijo, tomó su cabeza con las manos y fue recibiendo así todo su cuerpo, cortó la tripa con una navaja que siempre guardaba entre sus cosas, lo hizo sin mayor higiene que el frotarla con un pañuelo limpio, sentada en sus faldas secó al niño con la falda del fondo.

Continuó con su labor, frotando su vientre primero de arriba hacia abajo, después en círculos en ambas direcciones, tratando de que su cuerpo salieran los últimos tejidos con sangre, porque no olvidaba que su tía Esperanza había muerto cuando las fiebres no pararon pasado el parto, dijo la partera que le habían quedado sucias las entrañas.

Envolvió el Cordón que había cortado del niño, a falta de milpa, lo enterraría bajo ese árbol que lo viera nacer, y era el símbolo de su trabajo; como su padre había muerto, sería ella quien lo encaminaría por el sendero del trabajo de bien.

Buscó un recoveco entre la barda y la bodega, colocó a su niño entre sus brazos y ambos se envolvieron con el chal de ella y sin darse cuenta ambos se quedaron dormidos.

Muy de madrugada el llanto del niño despertó a Lupe, quien levantó su blusa y se prendió al pequeño, presuroso tomó el alimento que entre lágrimas y leche tenía cubierto el rostro.

Fue el vigilante quien al escuchar al pequeño, llamó a una patrulla y ambos salieron de ahí sobre cuatro ruedas, rumbo al hospital, a que lo revisaran; la madre no entendía por qué, ella contemplaba muy sano a su pequeño y ella se sentía estupendamente, desde ese día Joaquín es el compañero inseparable de su madre, hay quien le ha dicho que lo deje en la estancia para niños en el centro de la ciudad, pero ella se opone.

………

 

kuira” le dice Guadalupe el saludar a Rita que ya viene en el transporte.

Acha gara ju?, le contesta para preguntar cómo se encuentra ella. Trepa, con agilidad sorpresiva, trayendo en la espalda aquel crío de tan buen tamaño.

Entre los jaloneos y obscenos roces de los cuerpos Rita recuerda sus encuentros físicos con los primeros hombres que conociera en la intimidad, si es que a esas experiencias se les puede llamar conocimiento.

El primero entró a su vida y a su cuerpo cuando tenía trece años, una tarde que ella cargaba agua para su casa, eran dos botes de considerable tamaño, jaladas con ganchos de un palo largo que sostenía con sus hombros hacia ambos lados de su cuerpo, se balanceaba sin proponérselo a derecha e izquierda según el movimiento del agua dentro de los botes, caminaba descalza, sobre blancas lajas que cubrían el suelo del centro del rancho, caminaba sin levantar mucho la mirada, fijando sus ojos a escasos dos o tres metros de distancia, cuando en su campo de visión aparecieron dos pies ásperos y oscuros protegidos con los típicos huaraches de tres agujeros.

-kuira va Rita.- dijo el hombre

La pequeña, con el oscilante movimiento de su carga, trato de esquivar la presencia de aquel sujeto, era el esposo de la Matilde, un indio aficionado a sotol y, según los ojos y la forma de hablar aquella tarde, debían haber sido no menos de dos botellas las que bebiera en las piedras grandes del cerro, que era donde acostumbraban a reunirse los hombres del pueblo.

Desde lo alto de ese sitio podía verse la población entera, seguramente al tal Ramón le resultó buena la ocasión de encontrase con Rita en “Las lajas” como se le llamaba al lugar de recolección de agua de manantial del cerro chico.

Me gustas” - le dijo en su lengua, Rita se puso nerviosa, no era más que una chiquilla, afuera de las escasas viviendas no había nadie, era una tarde fría, de las casitas salía por su lateral, sin tronera alguna, el humo delator de la calefacción interior.

Sólo un empujón bastó para que los botes rodaran por el suelo seguidos por Rita, quien con grandes ojos, veía como aquel hombre se abalanzaba sobre ella esculcando bajo sus faldas. No necesito mucho tiempo para satisfacer sus deseos perversos, no la importó sentir la piel y las ropas empapadas por el líquido derramado, ni el minúsculo y tembloroso cuerpo.

Rita se quedó tirada en medio de sus cubetas y del charco, lloró un poco, sabía que eso les pasaba a las mujeres de su pueblo, el hecho de que un hombre las “tumbara” no era extraño, pero tenía entendido que no sucedía en pleno descubierto, ni con alguien que tenía mujer en casa.

Coincidentemente, de la loma contigua la escena fue presenciada por su padre, quien bajaba del cerro donde se hallan las piedras grandes, era su hija la que estaba tirada con la falda alzada y remojada toditita.

Aceleró el paso y llegó donde Rita, frunciendo el ceño la interrogó duramente, a lo que la pequeña respondió únicamente: “Ramón el de la Matilde”- y bajo la cabeza, acomodó sus faldas y recogió los botes para reanudar la carga.

Entonces, Gabino el padre, caminó rápidamente hacia la casa de aquel hombre que usara a su hija sin más contemplaciones.

Qué se creía, que sus cosas las tomaba cualquiera; claro que no, pero la ofensa no se iba a quedar así.

Ya en la casa de la Matilde, quien se fue quedando en un rincón mientras los dos hombres discutían por algo de lo que nadie le informaba; la disputa no llegó lejos, Ramón aceptó el hecho y prometió compensar al padre, quien con la oferta quedó satisfecho: Las dos chivas más grandes del corral de Ramón, pasarían a ser suyas desde esa tarde.

Si en algunas partes del lejano oriente aún se estima el valor de una mujer en camellos, algo no muy distinto sucede en la sierra de Chihuahua, la honra bien puede pagarse, pero con animales de menor tamaño.

 

Sus recuerdos se actualizan momentáneamente; tampoco olvida al hombre que conociera recién llegada a la cuadrilla de trabajo de una huerta, el accedió a responderle después de mucha insinuación de Rita, no por liviandad, sino por costumbre entre los de su raza, es pues, la mujer la de iniciativa, lanzando en las horas de comida pequeños guijarros sobre su espalda, contoneándose femeninamente al frente, a uno y otro lado del hombre.

Lo logró, pero a pesar de sus costumbres hoscas para el trato, ella se dio cuenta que con tan reducido tacto la relación podía tornarse ingrata.

Una noche en el dormitorio colectivo, en medio de cobijas de dudosa higiene, entre paredes marcadas por dibujos obscenos a falta de letras, se introdujo abruptamente un cuerpo no tan desconocido para ella y sujetando sin cariño, lastimaron muslos y senos, la fuerza de dos manos impulsivas y ásperas.

No es de extrañar que ella esperara ávidamente el abrazo de aquel hombre, pero no pensó que fuese un contacto desagradable, sintió el peso de aquel cuerpo que en ningún momento pronunció palabras, sólo sus manos y su miembro hablaban impulsivamente en una mímica agresiva y dolorosa.

Y de esa noche no sólo quedó el recuerdo, sino también un hijo; del hombre no se supo, cambio de huerta y no lo vio más.

Al niño lo llamo Francisco, y es quien en ocasiones también acompaña a Rita, vive con ella pero con formas distintas a las que experimenta Joaquín con su madre.

Rita se ha empeñado en adoptar formas de conducción de la gran ciudad, así que al volver de las faenas diarias, Francisco continuamente se queda solo jugando en las banquetas, mientras Rita deambula por las calles en busca de plática, compañía y si la ocasión lo permite, un poco de romance; logra introducirse a pequeños grupos que se arman en las esquinas con dudosas intenciones, pero ella se siente contenta, ha aprendido a fumar y el alcohol en varias ocasiones hace el ambiente, aunque por riñas y disputas el grupo suele dispersarse intempestivamente por la aparición inoportuna de patrullas indeseables.

 

Guadalupe prefiere quedarse en casa, desde algunos meses vive en un cuarto lejos de aquellos dormitorios colectivos en los que tantos permanecen, como es el caso de Rita su amiga.

 

El sábado por la tarde cuando el sol ya se oculta, en Guadalupe persiste ese buen sabor de boca que queda después de recibir el pago por su trabajo, un salario devengado hasta el grado del agotamiento, si no fuera porque es de naturaleza fuere, difícilmente sería soportable.

Hay en sus manos billetes, cosa que en el pasado nunca hubo, es poseedora del dinero, que ella considera suficiente para vivir “bien”, no se puede comparar su pequeño cuarto, con aquella covacha donde viviera ella y su hombre, en un territorio tan frio en temporadas como caluroso en otras, sin más utilidad que la que le da un techo, aún cuando no cuente con energía eléctrica; eso sí, posee sanitario, ese es un lujo al que no estaba impuesta, aquellos escasos granos que servían de alimento son muy distintos a lo que aquí puede comprar: un gran refresco, de esos oscuros que desbordan por el gas con muchísima espuma son sus preferidos, Joaquín puede disfrutar deliciosos pastelillos en paquetes de colores, claro que sin dejar de comprar provisión suficiente para la semana, la leche no le falta, en la bolsa se observan pastas, huevos, harina y entre otras cosas, una tira de paletas para el pequeño.

Ella lo tiene claro, pese a su ignorancia, posee un espíritu fuerte y el amor de su hijo es muy grande, ambos saldrán adelante.

 

No es la misma suerte que vive Francisco, pues cierta tarde después de una salida como las de Rita acostumbra, al volver al cuarto del dormitorio, no encuentra a francisco por ninguna parte, hay varios towis en el patio, pero el de ella no se encuentra, no es que no lo quiera, simplemente que el alcohol ha hecho su parte, sus ojos se cierran y cae como un fardo en el catre.

 

Cuan grandes pueden ser los espacios para un infante, si para cualquier adulto consciente de estar en un universo infinito, cada lugar es inconmensurable, que tan larga puede ser la banqueta de la calle y mayormente recorrida sobre manos y rodillas; eso es lo que ha hecho Francisco. Esa tarde aburrido y con hambre decidió caminar en cuatro puntos, como decentemente se le llama a aquello de andar a gatas, tal vez fuera de ese espacio, encontraría a su madre y con ella algo de comida, no es que un pequeñito que aún no camina pueda reflexionar hondamente sobre la soledad en que se encuentra y decida planear la solución a sus problemas, simplemente que el hambre y la ansiedad, después de llorar largo rato sentado junto al catre, sin nadie para atenderlo, después de mucho suspirar, ha iniciado la marcha, y como muchos pequeños se enfrentan al mundo con sus propio recursos antes de tener los suficientes, así Francisco lo hace, aunque con mucha mayor desventaja.

Ante la insensibilidad de los otros inquilinos de dormitorio, Francisco ha salido por entre varios adultos para iniciar su aventura.

El sol esta tan fuerte que el pequeño no levanta la cabeza, sólo contempla el suelo y levanta cuanta curiosidad encuentra a su paso: ha encontrado un medio paquete de semillas, se sienta a disfrutarlo pero son muy saladas, el polvo no lo ha incomodado tanto como lo ha hecho la salinidad que quema su lengua y una de ella casi lo ahoga, las deja y continua su ruta; las gomas de mascar se han resistido a abandonar el suelo, por más que ha rasgado no ha conseguido despegarlas.

Hay un anuncio luminoso e intermitente, qué cosa tan maravillosa para los ojos de Francisco; parece haber cosas lindas adentro, pues emana un sonido estridente y alegre como el que escucha en los cuartos contiguos en el dormitorio, allá la gente goza con aquel ruido y él se ha acostumbrado a convivir en ese ambiente de escándalo, tal vez adentro este su madre, continúa su recorrido dirigiéndose hacia el interior, pero no distingue demasiado, la luz en ese lugar es escasa y un hombre grita en el centro del espacio mientras sostiene en sus piernas a una mujer que no es Rita, a su madre la conoce y ésa que está observándolo es distinta. La mujer le dirige una mirada tan dulce y cariñosa que Francisco sonríe, ha pasado gran parte del día tan solo, nadie le ha puesto atención y en ese momento se conecta con esa mujer en sonrisas mutuas.

Qué alegría, lo han levantado del piso, le han acariciado las mejillas y alisado el cabello, ellos hablan, pero aún no ha logrado apropiarse de esa lengua extraña, en el dormitorio todos hablan diferente y entre las dos formas él ha preferido permanecer en silencio a fin de adquirir lo mejor de ambas.

………..

 

Por la mañana, sin jornada pendiente, Rita estira sus brazos, no lo siente a su lado y recuerda: ¡No estaba y no lo busqué!

Avanzada la mañana en torno a un carro de tacos, con la resaca a cuestas, escucha a otras tehueques:

-La patrulla se lo llevó, porque se metió a gatas a una cantina.

-Tendrán que buscarlo en donde la policía yo creo.

Dijeron unas sin percatarse de su presencia.

Portando un gabán con gorra, producto del encuentro con otro hombre, cubre su rostro y camina sigilosa para evitar delatarse, sus ojos se llenan de lágrimas, pero… qué podía ofrecerle ella, cómo podía cuidarlo, si su mayores deseos eran: la calle, los hombres y el vino; así el dinero… no alcanza.

Tal vez lo traten bien y Dios vea con buenos ojos que yo desee algo mejor para Francisco”, quizás no fueron esas exactamente sus palabras, pero su deseo sí, al menos el que justificaba su liberación del compromiso de vida que ata a una madre con su hijo.

Vuelve a su cuarto y llora largamente, no deja de ser madre, una madre que no ha sabido serlo y hoy ha renunciado a un hijo, un hijo que no volverá a dormir con ella, que no la mirará sonriente y no jalará sus ropas.

Entre la resaca ocasionada por su juerga reciente y la tristeza que la abruma deja caer su cuerpo en la cama y se duerme.

En el sueño se abandona y se desprende del sufrimiento, en sus paseos internos contempla a su hijo, éste le abraza y ríe, suelta gritos de alegría en el monte, ese monte que hoy está tan lejos, ése que tampoco le hubiera facilitado la vida a ella y a su pequeño, pero en el sueño encuentra un consuelo momentáneo, porque de pronto manos extrañas arrebatan a su hijo y de manera vertiginosa se va alejando, lo van pasando de unas manos a otras, hasta que no alcanza a distinguirlo, ella contempla los hechos paralizada, tiene esa sensación tan frecuente en los sueños, esa que ata con grandes anclas a un sitio , donde los pies se convierten en pesados miembros imposibles de moverlos, donde la voz se ahoga y los gritos no salen y se sufre una impotencia angustiante.

Despierta con los ojos húmedos por el llanto, y si por lo regular tienen una apariencia rasgada, hoy lo son más, se le han hinchado tanto que cuesta trabajo abrirlos.

Ya por la tarde, encamina lentamente sus pasos sin rumbo, en varias esquinas se oferta el trago, recién pagaron y todos están espléndidos.

………

 

Guadalupe no piensa que su vida cambiará tan abruptamente, que su pequeño paraíso se esfumará, una visita marcará el nuevo rumbo; la llegada de sus parientes, de esas visitas que llegan para quedarse, de ésas que sabiendo que la Lupe tiene un cuartito lindo allá para la orilla y con sólo un chamaco, es la que fácilmente los recibirá para que le hagan compañía.

Entre la visita está el Julián, un indio ladino que fuera hermano de su Anselmo, que en paz descanse, trae con él a la Lucila, una mujer más callada que las piedras, de ésas que estando en su casa , la abandona inmediatamente si llega una visita.

Acostumbrada Guadalupe a una vida con tanta carencia y tan limitado su sentido de propiedad, abrió la puerta a sus parientes políticos para su desgracia.

Ya instalados en el cuarto, la comodidad se ha evaporado, ahora no son su hijo y ella solamente, habrá que recogerse un poco en el espacio porque todos dormirán ahí; el nuevo matrimonio, sus dos hijos, la madre de la Lucila , que también se vino con ellos de la sierra, Guadalupe y su pequeño Joaquín.

En los primeros días de la estancia del nuevo grupo en casa, todo parece marchar de manera aceptable, tiene con quien hablar, porque los vecinos no hablan su lengua eso de hablar al estilo de los sabochis no acaba por gustarle y su pequeño towi todavía no pronuncia las suficientes palabras como para compartir las novedades del día. Ya hay un poco de comida cuando regresa cansada de su trabajo y Joaquín puede quedarse en casa con los parientes, sin tener que viajar en su espalda, son su raza y su familia, lo puede dejar con ellos.

Cuando la confianza se coloca en los nuevos inquilinos, las cosas empiezan a cambiar para la anfitriona; recién llega de la huerta, Guadalupe se ocupa de sus quehaceres domésticos pero ya no es lo mismo que antes, el Julián la mira con esa mirada sucia que incomoda, de las que recorren el cuerpo de arriba abajo, es de ésos que se colocan en cuclillas en un rincón sin pronunciar palabras, con sus ojos insistentes, la boca se curva y sonríe cuando de reojo Guadalupe lo divisa.

La Lucila ha dejado de llamarle la atención, ahora es el cuerpo robusto y limpio de Lupe el que tanto le apetece.

No le ha importado que esa mujer sea o haya sido la esposa de su hermano y que el crío que duerme a su lado sea su sobrino, con un poco de alcohol por dentro se armará de valor y desahogara su deseo por Guadalupe.

Y así lo hace ese día, de manera rápida y expedita, sin perder el tiempo aprovecha la somnolencia o la complicidad e indiferencia de su mujer, aborda entonces a quien fuera su cuñada en la quietud de la noche sin contemplaciones.

 

 

Han pasado varias semanas desde esa noche, Guadalupe no se ha sentido bien, y el trabajo se le dificulta, con un vientre abultado y las incesantes náuseas, ella sabe que Joaquín tendrá un hermano, o tal vez sea una niña, pero no, esta última posibilidad le desagrada, “Tiene que ser un chamaco” piensa para sus adentros, no desea que una pequeña suya tenga que enfrentar tantos disgustos y faenas.

……….

 

Un lunes por la mañana, Rita y Guadalupe se encuentran y ésta pregunta por Francisco, gira su cabeza y oculta su rostro, explica entre dientes que lo ha perdido, Guadalupe la observa y no la comprende, piensa en su pequeño Joaquín, toca con sus manos su vientre se estremece ante tan terrible hecho y suspira hondo.

Terminada la jornada, Rita se despide diciendo “ariosiba” y Guadalupe mueve su cabeza en señal de desapruebo y enérgicamente en su lengua dice:

- Mapu Riósi- Que Dios te perdone.

 

La camioneta deja a Guadalupe a una cuadras de su casa, desde lejos puede observar a Joaquín jugando sentado en la arena, dos pequeños lo entretienen con cajas, botes y una pequeña bola; son sus dos primos que de alguna forma pasarán a ser sus hermanos, pues si han de ser hermanos del suyo, algo así serán para él, aunque en la misma casa tengan distinta madre.

 

No muy lejos de ahí, alguien baña a Francisco, no es muy cálido su trato y el pequeño llora, el salir del agua, continúa el llanto, es tanto y tan fuerte que agota sus fuerzas; él no sabe que en su aparente tragedia, se dibujan condiciones que pueden mejorar su destino. Lo colocan en una cuna, se estremece de manera continua con rescoldos del llanto, sus manitas se abren y se cierran buscando el cuerpo de alguien, el de Rita su madre, en su somnolienta búsqueda se topa con una botella, contiene leche tibia y la devora con hambre, duerme, suspira y duerme.